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Columna publicada el 29-03-2004
Los profesionales del márketing político se pueden ahorrar el seminario que les va a dar Pepiño Blanco, el informe de consultoría y hasta la llamada de teléfono. He aquí la metodología: para darle un vuelco al electorado cuarenta y ocho horas antes de unos comicios hay que infringir la ley, echarse a la calle la jornada de reflexión, rodear las sedes del adversario, inventarse pruebas contra él, difundir consignas calumniosas por televisión, radio, Internet y teléfonos móviles, y, por fin, usar a algún imbécil que dé la cara para denunciar ante la prensa un intento de golpe de estado. Es decir, basta con dar un golpe mientras se acusa al otro de querer darlo.
Los clientes americanos del gurú de Palas de Rei, una vez entiendan la estrategia (When you say correto, you mean correct, that’s right?) se van a llevar un chasco morrocotudo: el golpismo no está en su tradición, al punto que el inglés carece de un término para designar la histórica receta socialista y tiene que echar mano del francés coup d’État.
A los alumnos americanos que se apunten al seminario de Blanco (Marketing político de ejecución súbita multimedia orientada a objetivos inmediatos sería un buen título), les sonará el contenido a coup d’État, cogerán un diccionario y, tras maravillarse de la variedad de términos españoles para lo que ellos no pueden nombrar en su idioma, le preguntarán al profesor: “Isn’t it a golpe, asonada, levantamiento, pronunciamiento, alzamiento?” “Para nada, para nada –responderá el secretario de organización del partido de Largo, de Prieto, de Negrín, de García Altadell, de De Mora y de Felipe González–, eso son cosas de la derecha, un golpe es lo que quería organizar el gobierno del PP precisamente... ¡ay, no!... que al final lo hemos negado... los golpes son cosas de la derecha, y el PP es la derecha, y no digo más. La izquierda española no da golpes de mano porque representa la tradición democrática.”
Herederos al cabo del nominalismo medieval, se resistirán los alumnos anglosajones a llamarle a las cosas de la realidad lo que no son y a no llamarles lo que son, y darán por malgastada la matrícula. Pepiño Blanco debería buscarse los alumnos o clientes en la platónica, realista y esencialista Francia, nuestro nuevo referente internacional, donde los universales no precisan de los hechos, tan vulgares, tan incómodos, tan merecedores de olvido.

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