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Blanco ha sintetizado bien lo de Rodríguez: “buen rollo”. El público neoyorquino no necesita más para comprender el fenómeno. Pero lo que atrae a unos, ya se sabe, repele a otros: es precisamente el buen rollo del presidente lo que más me disgusta, aunque entiendo que la expresión sugiere contenidos muy valorados por el público. Creo que Rodríguez, básicamente, los tranquiliza. Y tranquilizar a los progres, que son muchos y están nerviosos, no tiene precio.
Al progre ya no lo define la provocación; hoy lo define su perfecta sintonía con el conocimiento convencional. Y uso “sintonía” en su primera acepción (cualidad de sintónico, sintonizado, con la frecuencia de resonancia ajustada a otra frecuencia), no en la tercera, aparentemente más adecuada (coincidencia de ideas u opiniones). Porque la identificación es previa a las ideas u opiniones, es más un hecho de la física que de la psicología.
La frecuencia de resonancia del progre se ajusta a los discursos poco exigentes y llenos de palabras icónicas, sedantes que actúan eximiendo de ciertas responsabilidades, como la de profundizar en asuntos polémicos que parecen apasionarles, reunir información, analizarla, formarse la propia opinión. Prefieren proyectar cualquier deber individual en un colectivo amplio y difuso cuyos hilos mueven otros. “Ellos” (las grandes empresas, los oscuros intereses, la caverna, etc.) incumplen sistemáticamente con la solidaridad, la justicia y cosas así. La acción individual resultaría inútil, siendo más apropiada (qué suerte) la crítica permanente al estado de cosas y a un puñado de sujetos vaporosos. Tranquilidad, comodidad, sublimación de la culpa (del estado sólido –la realidad inmediata al individuo– directamente al estado vaporoso: la culpa colectiva).
Los progres listos tienen en ese vapor un medio ambiente formidable para los negocios. Podrán amasar fortunitas, o al menos ganarse la vida sin trabajar mucho, mientras le avergüenzan a usted por no darles –indirectamente, claro– su dinero. Y aun por dárselo: si lo hace, por algo será. Pero la mayoría se conforma con la tranquilidad de no cambiar. Rodríguez, con su buen rollo, es el palo mayor al que pueden atarse, es la colección de tapones para los oídos, es un poder real que les da la razón, que avala su conocimiento convencional guardándoles de los cantos de sirena de la reflexión y el juicio.
Antes los progres no éramos así. Nos acompañaba el cosquilleo de la subversión. Había que armarse de algunas lecturas enjundiosas para desafiar al entorno. No muchas, no vayamos a exagerar, pero jamás nos hubiéramos visto reflejados en aquella basura de Sardá, o en las simplezas de la Ser. Rodríguez no nos habría durado diez minutos porque lo último que buscábamos era buen rollo.

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