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Columna publicada el 10-11-2003
Salvo que las encuestas yerren mucho, la cosa pinta mal en la Cataluña del postpujolismo. La confirmación de la ventaja estratégica de ERC dibuja el escenario más temido por quienes conocen los efectos devastadores de la inestabilidad institucional. Un escenario que se han ganado a pulso los nacionalistas, con veintitrés años de discurso victimista, y el PSOE, con la disolución de su proyecto nacional.
El independentismo del partido de Carod-Rovira no es un juego sino un proyecto real en el que trabajan duro desde que barrieron a Hortalà. Fue una operación dirigida desde fuera y que contó con varios centenares de jóvenes disciplinados procedentes del movimiento Crida per a la Solidaritat que habían obtenido el carné pocos meses antes. Aquel congreso que Colom ganó por sorpresa debió haber encendido las alarmas. En vez de eso, el PSC no ha hecho más que alimentarlos con el poder y el presupuesto del Ayuntamiento de Barcelona. La esquerra gobierna ya en municipios que acogen al 60 % de la población de Cataluña y posee un eficaz aparato de propaganda. Su imagen es de impecable diseño y modernidad. Sus líderes no ocultan jamás sus intenciones secesionistas y se declaran enemigos de la violencia.
Lo alarmante es que creen de verdad en la pronta viabilidad de su proyecto. No hay guiños, sobreentendidos ni ambigüedades para consumo de masas. Piensan convocar su referéndum, quepa o no en la Constitución. ¿Les suena? Pues eso, como en el País Vasco, aunque sin muertos. Otro foco de inestabilidad, otro desafío al Estado, pero con más visos de éxito.
Apenas se está mencionando en la prensa la eventualidad de que el líder republicano no se contente con dos o tres conselleries. Curiosa miopía de los medios, pues Carod es claro al explicar su intención de encabezar un gobierno “de concentración nacional” que incluya a todos los partidos “de tradición catalanista y democrática”. Se refiere, claro, a excluir al PP. Podría decirlo de este modo y sonaría más sincero, pero prefiere apelar a la tradición. Será la del golpe de estado de Companys en 1934. El PSOE, claro, también cuenta para él con mejor tradición que el PP: de la revolución de Asturias a los GAL, de las checas a Lasa y Zabala. En cuanto a la tradición democrática del PSUC, ¿quién podría dudar? Ya no queda nadie del POUM para hacerlo. Que alguien le cuente de una vez a ERC que en 2003 todos los partidos de Cataluña son democráticos. ¿O no?
Si no le ceden la presidencia, Carod podría impedir la formación de gobierno. En tal caso, para evitar nuevas elecciones, la responsabilidad obligaría al PSC a dar sus votos a CiU, o viceversa. O a formar gobierno juntos, una opción que cuenta con no pocos partidarios. Pero, en campaña, ni Mas ni Maragall se enfrentarán en serio a Carod porque el lunes tendrán que ir a llamar a su puerta. En cuanto a Piqué, la prensa le está poniendo enormes dificultades para llegar al público. La Vanguardia, el medio más influyente de Cataluña, prácticamente lo ignora. Además, un hecho inesperado ha venido a desviar la atención de los votantes: la prueba del nueve de que los catalanes somos tan españoles como los murcianos es que ahora mismo en el Principado sólo se habla de Doña Leticia Ortiz. ¿Será algún día también nuestra reina, o sólo una reina extranjera? A lo mejor presentándolo así alguien se da cuenta de lo que está pasando en Cataluña.

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