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Ciertos personajes parecen nacidos para el mal. Digo personajes; asomarse a la persona que sostiene una figura pública o histórica puede provocar vértigo, y ahora mismo no me apetece subirme a la montaña rusa. Y hablando de Rusia, como en el chiste de Eugenio, se me aparece Santiago Carrillo, cuya trayectoria creí salvada para la historia –o la Historia– por su rápida comprensión y avenimiento al diseño de la Transición, cuando demostró poseer más reflejos que los socialistas. Algunos de los héroes tortilleros del PSOE (ver foto campestre "de la tortilla") acariciaban una democracia sin competencia por la izquierda, es decir, con el Partido Comunista fuera de la ley. Suárez iba más orientado.
El anciano, tras una especie de ensueño, manifiesta síntomas que él mismo ha comparado con un despertar. Un espantoso despertar, añado yo. Un sobresalto de metralla, los ecos de una guerra que nosotros sólo hemos conocido por los libros pero él ha conocido por las fosas y los fusilamientos en las cunetas. Algún olor agreste e inextirpable, como el de la sangre sobre los matojos o el de la pólvora mezclada con el miedo, le persigue.
Pero en vez de deprimirse o de morirse, que sería lo lógico, su ser se empeña en ser. Y en batir todas las marcas de la longevidad lúcida y de la iniquidad. Cosas del personaje, que ha nacido para lo que ha nacido. Invita a aparatosas figuras de estilo –que les ahorraré– el hecho de que Carrillo escoja un acto de homenaje a los abogados laboralistas de Atocha, mártires de la Transición, para volver a vestirse de comisario político y borrar las únicas huellas de dignidad que le redimían (civilmente; en lo otro no podemos entrar, ya se aclarará él con los fantasmas de las sacas de Madrid).
Lamenta ahora Carrillo que no pudiera reivindicarse la "memoria histórica" en los años de Suárez. A su pesar, por las torcidas quejas se cuela la explicación: "Lo hicimos así porque la guerra y la represión crearon unas condiciones en las cuales no había quién se plantease la tarea de derribar al franquismo". ¿Por qué, don Santiago, no era posible derribar el franquismo a esas alturas? ¿Por la represión, como usted afirma, o simplemente porque el pueblo español era una inmensa clase media que quería hacer las cosas de otra manera? No nos decepcione.
En pleno 2007, no contento con haber sobrevivido a todos los protagonistas de los años treinta, pretende los laureles. El joven estalinista (escondido en el anciano) ha visto en Rodríguez la oportunidad de ganar la guerra que perdió. Cree en las máquinas del tiempo. Siguiendo las mismas pautas que condujeron al fratricidio, se inventa una derecha fascista e intratable, antidemocrática y merecedora de aislamiento, ilegítima y punible. Marca al PP con los mismos estigmas que la propaganda fabricó para la CEDA. Es el último combatiente de la guerra civil y se quiere morir con las botas puestas. Ridícula pretensión en quien lleva treinta años calzando zapatillas.

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