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Los últimos trabajos sobre el 11-M me han devuelto a la mañana trágica. Recuerdos extraños. La mañana del 11 nadie dudaba de la autoría etarra (aunque acabo de saber que un corresponsal de El País ya estaba difundiendo, tan pronto, la tesis islamista en Alemania). De Ibarretxe a Felipe González, pasando por Carod y Rubalcaba, era la ETA. Las primeras concentraciones en Barcelona fueron en la Plaza de Cataluña, al mediodía. Estuve allí. Grupos de jóvenes independentistas aparecieron con pancartas convenidas que rezaban: "No hagáis uso político de los muertos".
En algún momento de la tarde, la versión muslime cuajó en los círculos más activos, y se desató una auténtica orgía, precisamente, de uso político de los muertos. Por la noche, al menos en Barcelona, la conmoción por la masacre ("Todos somos madrileños") ya se había convertido en ira desbocada contra el Gobierno legítimo de España. Conviene subrayar lo de legítimo, pues la izquierda, hoy tan puntillosa, llevaba dos años negando tal legitimidad a quienes, supuestamente, estarían gobernando "contra la voluntad de los españoles" y matando niños en Irak, tras haber llenado de petróleo por pura maldad la costa gallega.
La masiva manifestación del 12 fue ya un grito feroz contra el PP. Nada más. Ello exigió el absoluto olvido de lo que cualquiera hubiera creído necesidad catártica y moral: la condena pública de los ejecutores de la masacre. Pero los "asesinos" eran el presidente y sus ministros, los cargos de su partido, ¡los militantes! Desde entonces, hasta el cierre de los colegios electorales el día 14, una catarata de mensajes de móvil sacudió la convivencia. Fue la primera gran operación de esas características. En el mundo. Su triunfo exigió el apoyo de medios de comunicación que, con el pretexto de informar, convocaban al asedio.
El resto es sabido. Un Gobierno inesperado que da la vuelta como un calcetín a las grandes políticas de sus antecesores. Y una ofensiva descomunal, en todos los frentes, para expulsar al PP de sistema. Y la obstrucción a la investigación en aquella comisión del perjurio por parte de las mismas formaciones que apoyaron y apoyan la claudicación ante la ETA.
Y el borrado minucioso de cualquier huella que condujera a los aledaños de la ETA, desde el ácido bórico hasta los papeles que casualmente se agolpaban en un pisito pared por pared con el de Leganés. Pisito ocupado por un agente del contraterrorismo. Y esa trama de funcionarios, altos y bajos, de incompetencia tan increíble que... no me la creo. Intoxicaron y desinformaron al Gobierno Aznar. ¿Cómo calificar todo esto? La mente es caprichosa, y se empeña en saltar del 11-M a la Francia gaullista, con Mitterrand hablando de "golpe de Estado permanente".

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