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Al ponerse el portavoz Diego López tan quisquilloso con el uso de la simbología nacional, me da una alegría y propicia un entretenimiento. Gracias. Lo entretenido ha sido mirar con lupa el restrictivo artículo del decreto aznarí 1560/1997. Por algo uno ha sido jurista antes que autor de libros "flojos". (¿Tú te has leído lo tuyo?)
Pues resulta que la interpretación legal del portavoz no es tan errónea. No es la única posible, naturalmente, pero cuenta con argumentos, tiene defensa teórica. Y es de imposible traducción práctica. De ahí la alegría. ¡Qué digo! De ahí el entusiasmo: ¡la trasgresión añadida!
Cierto es que en mi Cataluña amada exhibir la bandera de España –y no digamos pinchar su himno, y hasta silbarlo– es trasgresión intolerable desde que tengo memoria. Bueno, no tanto; de niño veía a las multitudes en la Diagonal, desde el balcón de casa, firmes con la Marcha Real en cada desfile militar. La emoción cargaba la atmósfera y congelaba los plátanos (el árbol, Carmen, malpensada). Emoción que alcanzó agitaciones paroxísticas la lejana mañana en que vimos a Franco, en pie, de blanco, sobre un cochazo descapotable a juego con el uniforme. Eran los años sesenta. En los setenta mediados, cuando empieza mi memoria cívica, himno y bandera de España se convirtieron en eso que describe con exactitud guerrera el conseller separatista Huguet: en símbolos del enemigo.
Qué alegría saber que, a partir de ahora, en Barcelona o en Madrid, cuando suenen los primeros compases prohibidos y nos llevemos la mano derecha al corazón, cuando enarbolemos nuestra sospechosa enseña, estaremos cometiendo una ilegalidad. Es significativo que las cortapisas las decretara un Gobierno del PP: ni siquiera la España liberal-conservadora daba un duro por la normalidad simbólica de la que gozan ingleses, franceses o estadounidenses, por la rehabilitación de lo que el nacionalismo había devastado con la atolondrada aquiescencia general, por la eventual exaltación de una nación que se venía disimulando a sí misma y que había circunscrito su parafernalia a los actos castrenses, los partidos de fútbol y las recepciones aeroportuarias del Rey.
Ardo en deseos de que el Gobierno de España nos denuncie, nos persiga por este vuelco escenográfico, acusando el insoportable contraste con sus pequeñas manifestaciones sonámbulas. Traten de prohibirnos, a ver si hay bemoles, los colores y las notas que en las retinas y en los tímpanos liberales significan libertad.
La libertad no la concede o modula gobierno alguno. La libertad te la tomas. Y si tratan de impedírtelo, te la tomas con más fuerza y con más ganas. Y si te aplastan los interlocutores del gobierno, hombres de paz y capuchita, te mueres libre, coño. ¿De quién es España, Diego López? De los hombres libres. En tu partido también los hay, y eso es lo que, al final, os barrerá.

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