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Columna publicada el 19-11-2003
Creíamos que el pasado domingo se habían celebrado elecciones autonómicas y que CiU las había ganado. Nos equivocábamos. Lo que pasó en realidad es que el PP ganó las elecciones generales con cuatro meses de antelación. Ser un partido con un proyecto nacional tiene ciertas ventajas. De alguna de ellas se habrían beneficiado los socialistas si su rama catalana no llevara años pidiendo perdón por su identidad y escondida tras un ridículo logo que insinúa apenas la P y la S y destaca una contundente C, amenazante como unos cuernos que le ponen a España.
Como un César hastiado, Maragall se dormía en los debates. Se había crecido tanto, tanto, que actuaba ya como si estuviera en batín y zapatillas en el salón de su casa. Ha acabado cosechando un segundo fracaso que le expulsa de la vida política y que extiende sus negras consecuencias hasta Zapatero, su principal deudor. ¿Recuerdan cómo lo trataba el cruel acreedor? “¡Zapatero a tus zapatos!”, le soltó a la primera de cambio. Hasta el marmóreo Balbás se sonrojó.
La cara de Maragall el lunes por la mañana, de vuelta a la cruda vigilia, era un poema. Acababa de llamar personalmente a Carod y se había estrellado con la voz de una secretaria: “está reunido”. Como una dama desplantada, se atormentó con escenas de alcoba política entre Mas y ese desagradecido de Carod, a cuya formación él había sacado de la marginalidad sin ninguna necesidad, aunque luego el PSC ya no podría soltarlos debido a la pérdida de votos con que el electorado premió, y sigue premiando, tal muestra de altruismo. Pero no había tal escena de alcoba, pues la secretaria de Carod acababa de despachar también a Mas sin miramientos. Hace mal Carod en recrearse así en el éxito. Debería seguir el consejo de Kipling y “tratar por igual a esos dos impostores que son el triunfo y el desastre”. Será que If no aparece en ninguno de sus cuarenta mil libros.
Aunque mucho menos admisible que este vano regodeo republicano, que presumo fútil, es la manía socialista de tratar los éxitos como fracasos (Clos en el Ayuntamiento de Barcelona y, muchos años antes, Benegas en el País Vasco) y los fracasos como éxitos (“¡El PSC ha ganado las elecciones!”, gritaba eufórico el perdedor en 1999).
La prensa nacional, con la honrosa excepción de este medio, parece que se acaba de enterar de lo que pasa en Cataluña. Todo era más que sabido, era inevitable. El único dato nuevo es que, desaparecido Pujol, Cataluña pierde toda esperanza de estabilidad política. Déjense de hipotéticas alianzas; la situación no se puede manejar y tarde o temprano, pero más bien temprano, habrá que volver a las urnas. He aquí la gran diferencia entre ese gran hombre de Estado llamado Jordi Pujol –moderado hasta la radicalidad, responsable hasta la temeridad y leal hasta la traición– y el modesto presidente Aznar: éste se va pronto, en plenas facultades, y deja su partido a punto para repetir mayoría absoluta; aquél se retira tarde, por agotamiento, y deja tras de sí un corral ingobernable.

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