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Columna publicada el 14-06-2005
Se suponía que la izquierda era materialista. No me refiero a la acepción coloquial del término, que de esa vienen dando muestras sobradas, aunque no todos y no siempre, justo es decirlo. ¡Ah, la autosatisfacción de tantos millonarios (en euros)! Adaptan su discurso al imaginario progre y se compran la tranquilidad, la buena conciencia y, por encima de todo, el respeto de quienes podrían, en un momento dado, reprocharles algo. Si encima amasan sus fortunas escribiendo best sellers que denuncian el capitalismo, las marcas, el imperialismo, o vendiendo basura en forma de late night shows... miel sobre hojuelas. Pueden llegar a aplaudirles por la calle. Son seres afortunados. Cuanto más se revuelcan como cochinillos en la charca antisistema, más se hinchan sus cuentas corrientes. Adoctrinan con tonterías, vestidos de Prada o de Antoni Miró, a cuanto inadvertido se les pone a tiro. Tildan de fascista a quien ose criticarles e interpretan el papel de víctimas con entrega digna de mejor causa. Se ponen muy intensos, se les nubla la vista, cada vez que repiten su catálogo de sentimentalismos, ideal para eludir la confrontación de ideas.
Se suponía que la izquierda era materialista. No me refiero a la acepción coloquial del término. La formación política del progresista se apoya, mírese como se mire, en la certeza de que ciertas fuerzas mueven la historia; que hay clases sociales con intereses contradictorios y que, resumiendo, las ideas pintan poco. Las ideas y los conceptos, sean políticos o artísticos, obran como el temporal maquillaje de un juego de fuerzas que mueve la historia hacia delante. Así, el papel de la izquierda consiste en acelerar lo que de todos modos va a suceder. En términos generales, ese es el esquema que subyace en la visión del mundo de los progres, aunque ellos y ellas ya se haya olvidado.
Pues bien, hete aquí que la izquierda ya no es de izquierdas. Los más vivos debates de la política española reflejan una cosmovisión en la que la historia no avanzará más tras una serie de arreglos nominales. Se estancará todo una vez hayan impuesto, no ya sus ideas, sino su léxico a la España casposa y retrógrada. No se trata propiamente de un léxico nuevo sino de un juego de sencillas reglas. Hay algunas palabras fetiche por las que vale la pena luchar: la lucha persigue alterar su significado, extendiéndolo o reduciéndolo caprichosamente. “Matrimonio” es un ejemplo del primer caso; “nación” es un ejemplo del segundo. Otra regla consiste en confundir género y sexo y alargar plomizamente los discursos consignando siempre masculino y femenino. Otra regla desprovee de sentido ciertas voces, al punto que se considera estúpida su sola invocación: “moral”, “patria”, “caridad”, “honor”.
Juan Carlos Girauta es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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