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Columna publicada el 06-01-2004
Zapatero es un incomprendido. En contra de la extendida convicción de que sus conocimientos de derecho político proceden de atentas lecturas de Asterix, el secretario general de los socialistas es un intelectual como la copa de un pino, y además multidisciplinar. La escuela de Frankfurt se le quedó pequeña, y no porque la confundiera con un establecimiento de salchichas, malicia propia de esa derecha intelectualmente indigente que con agudeza ha denunciado el catedrático Caldera, sino porque el socialismo español, bajo la prudente tutela de don José Luís y el brillante magisterio de don Pasqual, se encuadra de lleno en la filosofía posmoderna. En efecto, la avalancha de propuestas creativas con las que el PSOE busca la puesta al día de nuestro país de pandereta responde a una muy calculada intención regeneradora cuya llave maestra escapa a ágrafos como nosotros: la desconstrucción.
En La Revista de LD, José García Domínguez, que ha tenido el arrojo de leer Cataluña: de la identidad a la independencia, de Xavier Rubert de Ventós, con prólogo de su amigo Pasqual Maragall, nos da la clave. Maragall es un seguidor de Derrida que se dispone a hacer con España esa necesaria operación que el president, en simpático galicismo, llama “deconstruir”. Zapatero, discípulo por edad de los dos catalanes y de Jacques Derrida, no puede menos que hacer propias todas esas iniciativas que, entendámoslo de una vez, no pertenecen al ámbito de la política sino de la filosofía: la atomización de la soberanía, el resquebrajamiento del poder judicial y el desmigajamiento del fisco. Faltos de erudición, nosotros lo achacábamos a maldad o locura; se trataba de desconstrucción.
Si Derrida, que acuñó el término, no lo ha definido aún, es casi un pecado que yo lo haga. Bastante fastidiada está la filosofía posmoderna desde la bromita de Alan Sokal, pero vamos allá: la desconstrucción tiene que ver con el lenguaje, con reconstruir algo complejo desde sus unidades de significado. Seguro que Derrida no estaría de acuerdo, pero no importa; él mismo requiere una urgente desconstrucción. Por otra parte, Ferran Adrià viene desconstruyendo con gran éxito la tortilla de patatas y no hay noticia de que al filósofo le haya molestado.
Así que, en realidad, Maragall y Zapatero están reduciendo España a sus unidades de significado, están poniendo todo en duda para luego reconstruir una esplendorosa España que, de momento, no pueden nombrar sin adjetivarla: la España tolerante, la España plural, la España solidaria, etc. Un oportuno guiño que permite identificar a quienes se empeñan en no adjetivar España como siniestros representantes de la derecha más rancia.
Estoy tan contento con este descubrimiento salvífico que ahora mismo me pongo a estudiar y a colaborar con los socialistas. Como de la desconstrucción de España ya se encargan los profesionales, mejor será entregarse a una desconstrucción más pequeña: la de Cataluña. En próximas entregas reduciremos a sus unidades de significado ciertos conceptos definitorios, como nació plena, llengua pròpia y voluntat d’ésser. Ha de llenar de orgullo a los maestros que hasta los más torpes apliquemos por fin su metodología.

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