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Hay un debate serio detrás de las consignas: el que mantiene la derecha consigo misma. Acaba de traer Rajoy a colación el desencanto de sectores socialistas y su eventual captación. Lo resumo, como decíamos ayer, en que la izquierda honrada no se merece esto.
La palabra "desencanto" corre en la memoria hacia una generalidad y una particularidad. La primera queda en la Transición temprana, cuando se abusó de un término que, a fin de cuentas, era pura añoranza de carreras ante los grises (reales o figuradas), era la grata sensación del discreto peligro, tan cara al universitario de entonces. La particularidad es la película de Jaime Chávarri que aireó las interioridades de los Panero, en 1976.
Ahora importa establecer si detrás de los disidentes socialistas habituales, que se cuentan con los dedos de una mano (Rajoy cita a Redondo Terreros), existe una masa de izquierdas defraudada. Una masa crítica, es decir, capaz de alterar la relación de fuerzas y el estado de cosas. Es difícil saberlo. La respuesta, a finales de mayo.
El sesgo municipalista contará menos esta vez por la extendida convicción de que estamos ante las primarias de las generales, o ante un plebiscito sobre Rodríguez y sus cosas: el "proceso", las supersticiones ambientalistas, la demagogia homosexual y de las cuotas, la tortura del lenguaje, la explotación de Irak, la memoria histórica y tal.
Es lógico que el PP se suba al efecto Sarkozy; también lo hace CiU, que ha arrancado a hablar de inmigración con sorprendente claridad. Aunque no está de más recordarles a todos que Sarkozy es aznarista. Que nadie sonría, que nadie lo niegue: está fuera de discusión. Ha mostrado rendida admiración por el ex presidente que nuestra izquierda odia y nuestra derecha esconde; ha llegado a hacer votos por su regreso. Algunos no podemos estar más de acuerdo, aunque sospecho que el menos dispuesto es el propio interesado. En cualquier caso, esta es la hora de Rajoy. Él debe demostrar que sabe ganar elecciones. Ojalá lo logre, por el bien de España.
Un desconcierto final: Rajoy parece demandar el auxilio de una intelectualidad paralela a la que en Francia ha aupado al sucesor de Chirac. Mire a su alrededor: usted no puede esperar, don Mariano, que la inteligencia insobornable devenga mera portadora de consignas a este lado de los Pirineos. La inteligencia podrá defender a un candidato, pero lo criticará cuando se lo merezca.

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