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Unos se atiborran de hamburguesas, mayonesa, ketchup, patatas fritas y helados en McDonald’s para culpar acto seguido a la empresa americana de su obesidad. Su indignación crece cuando un libro y una película confirman la sensacional noticia: si te pones morado durante varias semanas, engordas. ¡Esos canallas de McDonald’s!
Otros exigen, sin experiencia alguna, contratos laborales indefinidos. Criados entre algodones, mecidos en la indolencia, la conciencia envenenada por sus progenitores de mayo del sesenta y ocho, gritan furiosos su desacuerdo con la realidad: hay que obligar a los empresarios a firmar un cheque en blanco, a apostar por ellos con los ojos cerrados. Tienen derecho porque son franceses. Los jóvenes del país del pensamiento y de la cultura se niegan a reflexionar sobre la libertad. Imitan a los etarras o a los zapatistas, se embozan, se encapuchan e identifican culpable: el monstruoso capital, que se niega a tratarlos como merecen, como funcionarios, como rentistas, como nobles.
Estos han decidido que lo suyo es hacer cine. Y si el espectador se niega a comprenderlo, peor para el espectador; ya pagará por la vía de los impuestos. La televisión pública ensancha su deuda gigantesca regalando decenas de millones a sujetos incapaces de atraer al público pero hábiles para transitar el laberinto del amiguismo sectorial y de la burocracia. Si no juntan capital suficiente para su obra maestra e incomprendida, la culpa es de una administración insensible y de unos productores romos. Si levantan la pasta, realizan el film, lo estrenan y no va a verlo ni su familia, la culpa es de un público estúpido que no sabe lo que le conviene y, por supuesto, de los americanos, que nos invaden con sus producciones. Porque los americanos son tontísimos y están incapacitados para el arte de verdad. Pero como tienen dinero, ya se sabe.
Aquellos experimentan un enorme malestar en sus vidas. Hay una casuística infinita que recorre lo conyugal, lo laboral, lo educativo. Lo social, en fin, que se empeña en resultar insatisfactorio. Alguien tiene la culpa de todo: por encima de los responsables inmediatos está la gran conjura de poderes oscuros y esquivos. Clubes de poderosos, multinacionales, judíos, financieros. La historia viene mostrando con qué facilidad el frustrado señala a un culpable vaporoso. Creen que existe el poder y que reside en unas pocas manos, ficción preferible a mirarse al espejo.
Si siendo europeo tengo que competir en la escuela, en la universidad o en el trabajo, si vengo obligado a demostrar algo, si lo que hago no encuentra un mercado, si engordo, si contraigo enfermedades por fumar, si otros medran a mi alrededor... encontraré culpables adecuados. Culpables que, además, están conjurados. Muerta intelectualmente la izquierda, queda un poso esencial de envidia, irresponsabilidad, indignación, paranoia. Pobre gente.

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