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Me asombra que ciertas causas puedan movilizar a alguien. Salvo que vengan con algún incentivo, como ese orgasmo global que se está organizando por el bienestar del planeta, o algo así. Si uno se sumerge en la industria de la solidaridad se topa con el discutible uso que los solidarios dan a menudo a las cuotas de los donantes.
En algunos casos, el único que ve a un niño africano es el fotógrafo hacedor de iconos por encargo, autor del documento con que los solidarios profesionales azotan conciencias, atizan culpas ficticias y siembran el malestar en quienes les mantienen. En estos casos, el incentivo de los solidarios es vivir de su solidaridad. Respetabilísimas oenegés dedican la mayor parte de su presupuesto a sostener a la propia organización, lo que incluye interesantes sueldos con los que el mercado, ay, jamás premiaría a los solidarios si en vez de trabajar de buenos trabajaran sin más.
No sé qué relación mantendría la prescindible Bardot con las focas para acabar en ese monotema. Se me escapan los motivos que conducen a otros a defender la prohibición del DDT, poniendo a dudosos pájaros por delante de dos millones de vidas humanas, que son las que se pierden anualmente por culpa de la malaria, enfermedad que no existiría si se siguiera usando el producto contra el que nació el movimiento ecologista. Lo único seguro es que hay incentivos, en la inocua BB y en los nocivos bobos.
Pero, ¿qué explicación tiene que un periodista dedique una columna –es decir, realice un esfuerzo, concite atención, establezca comunicación intencionada, luche un poco, en definitiva– a denunciar la ejecución de Sadam Hussein? ¿Cuál es el incentivo? Lo de salvar una vida humana no cuela. Hay otras muchas en peligro, y estos bondadosos no parpadean. La ausencia de incentivos apunta a algo monstruoso: son partidarios del genocida. Sólo creeré en las buenas intenciones de los extraños defensores de Sadam si demuestran que consagraron las mismas energías a tratar de salvar a los inocentes que Sadam ejecutó, gaseó, trituró, exterminó.

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