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Columna publicada el 20-04-2003
La tragedia del once de septiembre cambió la percepción estadounidense acerca de la seguridad mundial y apremió la necesidad de luchar por ella y de asumir su coste. Por esa razón, sólo a los muy despistados se les puede escapar que Bush tiene para Oriente Medio objetivos más ambiciosos que los que ya ha logrado en Irak, objetivos que se pueden resumir en la estabilización de la región y en la disolución –por larga y difícil que resulte– de la amenaza terrorista.
Pero hasta los despistados pueden mirar un mapa e imaginar cómo se deben sentir los líderes de los estados canallas que flanquean a Irak. Es posible que además de despistados sean izquierdistas españoles y decidan seguir barbarizando hasta las próximas elecciones, a ver si sacan algo de tanta sobreactuación. O quizá no lo sean y busquen más información para formarse un criterio. Así llegarían a enterarse de por qué al concluir la guerra en Irak Bush empezó a lanzar mensajes a Damasco.
Siria, ese “amigo de España”, ha mantenido el sur del Líbano como plataforma de campos de entrenamiento de organizaciones terroristas. Posee un arsenal del agente nervioso sarín, ha facilitado la llegada de ayuda militar iraní a Hezbollah y ha acogido a los líderes de Hamas, Yihad Islámica y FPLP. Es un país de libre tránsito para todo tipo de grupos terroristas, como Al Qaeda, y lo está siendo para la cúpula del régimen de Sadam. Su antisemitismo supera todo lo imaginable, incluyendo apoyos a las actividades de los negadores del Holocausto Ervin y Ganudi y al criminal nazi Brunner. Su ministro de defensa llamó públicamente al asesinato de judíos en televisión: “Si cada árabe matara a un judío, no quedaría ninguno con vida”. Discrimina sistemáticamente a la población kurda y, por si todo esto fuera poco, fue incluida por el Departamento de Estado americano en la lista de países productores de droga.
Desde hace unos días, Siria siente la inquietante presencia de los soldados aliados en gran parte de su frontera oriental. Sería absurdo que la Casa Blanca desaprovechara la ocasión para aplicar una creciente presión sobre Bashar Assad. Una presión suficiente para que el correligionario de Sadam abandone la estrategia de mentor del terrorismo que heredó de su padre.
Más allá del retórico recurso a la amistad, si es cierto que Aznar mantiene relaciones fluidas con el presidente sirio, España sería –puede estar siendo– una baza crucial en la primera fase de la presión. Tras la lección de Irak, no hará falta mucho más. Y nuestro país habrá contribuido decisivamente a la estabilidad mundial, engarzando un nuevo eslabón en la cadena de aciertos que comenzó con el sostén a las tesis de Bush en la preguerra y que puede culminar con el protagonismo en la mediación israelo-palestina. Dentro de poco, y con España en el centro de la pantalla, el nuevo orden regional será la mejor oportunidad en varias décadas para convencer a los representantes del pueblo sin estado de que, para llegar a tenerlo, el terrorismo simplemente ha dejado de ser una opción.
Juan Carlos Girauta es abogado, MBA y consultor.

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