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Columna publicada el 07-04-2004
El presentador del late night show más rentable de España, tras exculpar por adelantado a su cadena, dijo mirando fijamente a la cámara: “George W. Bush es un hijo de p...”. No se le calentó la boca, lo dijo serenamente. Preví una avalancha de críticas contra el señor Sardá. Entre los digitales y el papel leo una decena de periódicos al día; si alguien ha hecho referencia a esta ofensa al presidente de un estado amigo y aliado, se me ha escapado. No sé qué resulta más significativo, el agravio o la falta de reacción.
El público aplaudió a rabiar, pero esa gente no representa a la sociedad española. Si así fuera, cuatro de cada diez serían votantes del PP y habrían desaprobado ostensiblemente la injuria, y una parte indeterminada del resto se habría abstenido de aplaudir, espero. Crecido por el éxito, el presentador no dio señales de avergonzarse de su bufonada de valiente que se encara con el fantasma del hombre más poderoso del planeta. Aunque a Bush no le alcance el aguijón, quizá algún compatriota suyo estaría viendo el programa.
Sepa el adlátere de La Trinca que George W. Bush merece, sobre el resto de jefes de estado, un respeto adicional: el de quien encabeza la primera democracia del mundo, cronológica y fácticamente. Es el primer inquilino de la Casa Blanca que habla nuestro idioma, y sus muestras de afecto hacia España han sido múltiples. Su país nos apoyó, frente a uno de sus aliados históricos, en el único conflicto que hemos tenido en muchas décadas. Y esto algo tan importante que parece mentira que se le escape a tanta gente; la ocupación del islote de Perejil por Marruecos sólo le puede parecer una insignificancia a quien no sepa una palabra de historia contemporánea e ignore las pretensiones del vecino africano sobre Ceuta, Melilla y las Canarias. La nación que preside George W. Bush ha salvado varias veces a Europa del totalitarismo y la barbarie y ha entregado la sangre de muchos miles de sus jóvenes por ello, además de haber garantizado la supervivencia de las democracias occidentales durante la Guerra Fría. Es un gran país de gente emprendedora y generosa, y aunque a algunos la persona de su actual presidente pueda no gustarles, ostenta la máxima representación de su admirable nación, igual que el Rey Juan Carlos I simboliza la nuestra sin que por ello nos haya de parecer siempre formidable.
España se ha revelado en el último mes como objetivo prioritario del terrorismo islamista. Nuestra única esperanza de mantener segura a la población, íntegro el territorio y a salvo la dignidad, es continuar siendo aliados privilegiados de los Estados Unidos y compartir con ellos visión y estrategia contra el terrorismo internacional. Una esperanza que ya se está diluyendo a consecuencia del antiamericanismo botarate de toda nuestra izquierda. Insultar gravemente en televisión al presidente de los Estados Unidos de América para conseguir unos segundos de aplausos degradantes no es sólo un recurso actoral lamentable. Es alimentar activamente, desde una plataforma pública, un odio gratuito e injusto contra el único amigo con el que podremos contar cuando las cosas se pongan todavía más feas. Salvo que los socialistas, en el gobierno, se sigan comportando como el público de Crónicas Marcianas.

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