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Los Goya son el reflejo deformado y risible de un mal de Occidente. No hay que perder el tiempo con ellos, asuntos mayores exigen nuestra atención: a la mejor cultura americana contemporánea la contaminan las más desoladoras simplificaciones. Lo que impedirá que productos memorables, como la cinta Munich, de Steven Spielberg, o la novela The Brooklyn Follies, de Paul Auster, recentísimos prodigios de la narrativa cinematográfica y literaria, pasen a la posteridad. Estando así las cosas, qué se puede esperar de nuestro cine, donde todo hace aguas, del guión a la iluminación, de la dirección a la música, del montaje a la promoción, de la interpretación a la peluquería, de los diálogos a la ambientación. Nada.
Volviendo a lo serio, hay que ver lo de Spielberg y leer lo de Auster, reflexionar acerca del grano y de la paja, de la creación y del mimetismo, del compromiso con uno mismo o con el establishment cultural. Munich te corta la respiración, te sumerge en los primeros setenta, en el terrorismo, en la venganza, en la razón de estado, en la causa judía y en las causas de los judíos, en el precio de la supervivencia. Contiene dilemas en los que los gentiles no deberíamos entrar si no es guardando un respetuoso silencio. Si la película acabara un minuto antes, con el responsable del Mossad rechazando la invitación a compartir el pan, este columnista habría salido de la sala con el corazón encogido, y hoy sólo recordaría la prodigiosa factura de la obra. Pero el último plano, centrado en las Torres Gemelas, invitando a una interpretación grosera y mentirosa de las consecuencias del conflicto israelo-palestino, es frustrante. Admitamos que algo anunciaba tanta insistencia en una obviedad moral: quién mató a los asesinos de Munich acabó con vidas humanas.
Otro judío, Paul Auster, padre de las inolvidables La música del azar, La noche del oráculo o El Palacio de la luna, acaba de publicar The Brooklyn Follies (no sé si está ya en español). Una novela que empieza diciendo “Estaba buscando un lugar tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn…” hay que comprársela inmediatamente y devorarla. Es Paul Auster en estado puro, así que no se puede soltar. Pero resulta insufrible que Nathan, narrador y protagonista, arda en la vulgaridad cuando aconseja a su amada en un momento intenso y emotivo: “Vota a los demócratas en todas las elecciones”.
The Brooklyn Follies termina como Munich, con la sombra de las Torres Gemelas. Con la culpa indebida, colectiva y paralizante, auténtico malestar de la cultura. Y con la incapacidad de los mejores para enfrentarse a la realidad. Qué no perpetrarán los peores, la gente de los Goya (pobre Goya), reflejo subvencionado, grotesco, doméstico y torpe de algo sobre lo que merece la pena meditar.

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