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No lo reconocerán, pero un tufo racial impregna el leve análisis, el borroso esbozo de relato que se entrevé en los titulares de la prensa española cuando trata los acontecimientos de Gaza. Transmitido el mensaje, transmitido el prejuicio. Con asombrosa facilidad, el progre reproduce los viejos clichés del judío como financiero sin escrúpulos, del judío como conspirador, controlador de hilos invisibles, miembro de un grupo de intereses ajenos u opuestos al de la sociedad.
Es decir, el tipo de clichés creados por la propaganda zarista hace más de un siglo para legitimar los pogromos, paradójica e inquietantemente retomados por Lenin en su análisis del imperialismo y catastróficamente reactivados por el nazismo tras pasar por el filtro esotérico, deformación y excrecencia post romántica.
El progre ignora, claro, las fuentes envenenadas de donde bebe porque la ignorancia (y el prejuicio, y el sentimentalismo) lo definen. Curioso espécimen de ignaro resabiado, de zafio envanecido, rebosante de indignación moral, presto a la simplificación de lo complejo, a la búsqueda compulsiva de buenos y malos. Y al encaje de estos últimos, ay, en el mismo espacio del estigma donde colocaron al judío, por ceñirnos sólo a la época moderna y contemporánea, las masacres de mediados del siglo XVII, de finales del XIX y de mediados del XX.
Desde su Declaración de Independencia de 14 de mayo de 1948, basada en resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas, Israel pudo haber convivido en paz con un segundo estado árabe de nueva creación. Pero los vecinos no aceptaron la existencia de Israel, y la misma noche del día 14 empezó el ataque aéreo desde Egipto. A las pocas horas, todos sus vecinos lo invadieron. "Esta será una guerra de exterminio y una masacre impetuosa", proclamó el secretario general de la Liga Árabe.
La democracia donde encontraron cobijo los supervivientes del Holocausto sobrevive hasta hoy, pero tal supervivencia está condicionada: debe ganar todas las guerras que se le declaran. Y también las que no se le declaran, como la guerra sin normas del terrorismo, la misma lacra que amenaza la pervivencia del Occidente libre beneficiándose de esa insufrible estupidez europea que insta a tratar al terrorista –infinitamente peor que un soldado enemigo– de forma infinitamente mejor que a un soldado enemigo: sin usar el ejército.
Último capítulo, por ahora, de un estigma trazado sobre un prejuicio estrictamente racista que aún remueve las más destructivas inclinaciones de nuestra civilización. La única civilización. Aquella a la que Egipto, Jordania o la Autoridad Nacional Palestina quisieran pertenecer. No así el lado salvaje de Occidente, cuya reciclada bilis centenaria la prensa insiste en complacer.
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