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Columna publicada el 17-10-2003
Este anciano de mirada profunda se las ha visto de cerca con los dos totalitarismos del siglo XX, los más atroces regímenes que ha conocido la historia. Contribuyó a derribar el de los cien millones de muertos aprovechando la silla de Pedro y la pequeña brecha que algunos compatriotas suyos habían abierto en unos fríos astilleros. Tan decisivo fue su papel en la caída del comunismo como el del gran Ronald Reagan. Ambos fueron tiroteados, pero el destino, que tenía otros planes, amortiguó o desvió las balas.
Tras un cuarto de siglo sólo se le recuerda un gesto hostil. El poeta, sacerdote y ministro sandinista Ernesto Cardenal se había arrodillado a su paso. El dedo índice del Papa remarcó admonitorio frases que no pudimos oír. No hacía falta. La imagen entonces me indignó; hoy me parece la única posible, la única justa ante el error en que incurrieron tantos religiosos. La teología de la liberación nos parecía a muchos la cara amable y el brazo útil del catolicismo, pero ese brazo sostenía a los enemigos de la libertad y violentaba la pedagogía para que Jesús cupiera en el marxismo.
Notable literato, ha tenido el raro privilegio de practicar el más exclusivo de los géneros, la encíclica. La Veritatis Splendor se convirtió en best seller, y millones de personas quedaron vacunadas contra el relativismo moral y cultural. La obra fue atacada por amplios o ruidosos sectores de la Iglesia, renuentes a admitir la existencia del mal. Lamentaban el esplendor de la verdad, que iluminaba sus contradicciones y su vacuidad. Fue un canto inolvidable a la libertad del hombre, bello, vibrante, implacable.
No hace falta ser creyente para reconocer en Juan Pablo II a un benefactor de la humanidad. Llegó dando muestras de un vigor que a muchos pareció preocupante. Afortunadamente tenían motivos. Veinticinco años después no puede caminar y apenas se le entiende. Arrasado por el Parkinson y por la medicación, sigue utilizando los días, las horas que se acaban para afianzar la empresa de la dignidad del hombre. Acaba de pedir que le ayudemos. Con o sin fe, todos los que amamos la libertad sabemos lo que quiere decir.

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