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El PP se encuentra en una de esas raras situaciones en las que le conviene hacer exactamente lo que el adversario desea que haga. Pero con mayor intensidad. Dadas las especificidades de la rendición conocida como "proceso de paz", el PSOE debe manifestarse favorable a que Rajoy bendiga la negociación. Muchos votantes socialistas pueden desearlo sinceramente, pero no es el caso del equipo de Rodríguez.
No lo es porque, en su estrategia, la capitidisminución política del PP es inseparable de la rendición del Estado ante la ETA (llamaremos rendición a la concesión de aquello por lo que los terroristas han estado más de cuarenta años matando y extorsionando, a la normalización y aceptación –por este orden– de sus objetivos centrales).
La mejor forma de reducir al PP a un eterno papel de segundón, la mejor forma que tiene el PSOE de perpetuarse en el poder es que se mantengan las actuales posiciones a favor y en contra de la negociación, a la espera de que el proceso triunfe o fracase. Si triunfa, si la ETA se disuelve "como sea", Rodríguez podrá presentarlo como un logro histórico a base de seguir hinchando el equívoco concepto de "paz"; vista la facilidad con que tantos agentes sociales han mordido el anzuelo, no le resultará difícil la operación, que no deja de ser pura propaganda. Si fracasa, habrá sido por culpa del PP, en cuyo caso será también la propaganda la herramienta adecuada para culminar la demonización de los populares –y de sus medios afines– arrojando sobre ellos la responsabilidad de los muertos; será como lo de la guerra de Irak, pero peor.
Esta trampa endiablada (Rodríguez gana pase lo que pase) ha hecho creer a algunos asesores de Rajoy que había que matizar la oposición al "proceso de paz" para eludir en lo posible las consecuencias adversas que para ellos tendrían tanto el triunfo como el fracaso de las negociaciones. Se equivocan. Las matizaciones se convierten en tibieza, en asunción de conceptos y términos envenenados, en la sensación de que el PP no tiene iniciativa y se limita a reaccionar –bien que airadamente– ante lo que los demás deciden. Lo que provocaría que amplias capas de la sociedad dejarán de sentirse representadas por el único partido que sigue defendiendo la Constitución y la aplicación de las leyes.
¿Qué hacer entonces? El PP se encuentra en una de esas raras situaciones en las que le conviene hacer exactamente lo que el adversario desea que haga. Sólo que con mayor intensidad, sin fisuras y sin equívocos. Utilizando todo su potencial para transmitir mensajes claros que anticipen las intenciones antidemocráticas del gobierno, descubriendo la trampa. Ellos no han deseado erigirse en el único partido que defiende la unidad de España y el imperio de la ley, pero una vez lo han colocado ahí, debe librarse del vértigo. Lo que está en juego no son ya las expectativas electorales de Rajoy sino la libertad y dignidad de todos.

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