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Columna publicada el 10-07-2003
El sector textil catalán vuelve a quejarse de las supuestas amenazas de la globalización. O sea, que quiere subvenciones a cuenta del peligro amarillo. Pero para peligro amarillo, el de los empresarios que en Mataró y en otros lugares hacinan a docenas de asiáticos en sótanos de pesadilla, pasándose por el arco del triunfo toda la legislación laboral, de extranjería y parte de la penal.
El subsector de la confección confirma el viejo postulado de Harvard: oportunidades y amenazas sólo son distintas interpretaciones de una misma realidad. La globalización es una catarata de oportunidades para todos los sectores de la economía, incluyendo la moda, y los emprendedores dotados de buenas ideas pueden acceder hoy a más mercados, con más rapidez y a menor coste que nunca. Es el caso de Custo, la personalísima marca del catalán Custodio Dalmau, que empezó su carrera metiendo varias camisetas en una maleta para colocarlas en cuatro tiendas de Los Angeles frecuentadas por estrellas de Hollywood.
Hace varios años que Galicia sobrepasó a Cataluña como primera comunidad exportadora. Su estrategia ha sido la de las marcas, que una vez consolidadas se van extendiendo con coherencia, como es el caso de Adolfo Domínguez y Purificación García en perfumería. Pero el nombre obligado es el de Amancio Ortega: el hombre más rico de España ha levantado el imperio Inditex mientras en Cataluña sólo oíamos hablar de crisis. Si sus competidores no perdieran tanto tiempo en lamentarse, a lo mejor aprenderían unas cuantas lecciones de Zara, el mascarón de proa de don Amancio, tal como hacen muchos estudiantes americanos e ingleses en sus casos prácticos de logística, de marketing y de management. Y descubrirían cómo se puede triunfar ignorando los lugares comunes de la industria, los que establecían que era imposible vender buen diseño a precios bajos o hacerle la competencia a El Corte Inglés sin invertir casi en publicidad. En realidad, más que hacerle la competencia, lo ha convertido en un seguidor, como puede comprobar cualquiera que visite uno de los establecimientos Sfera.
La mayoría de agentes siempre interpreta las nuevas condiciones como amenazas; hacer lo contrario es lo que distingue al emprendedor. En el mundo de la moda existe una vía evidente para jugar sin miedo. No es la de Inditex, único en su especie, sino la que acertadamente siguen centenares de firmas europeas y americanas. Armani, Prada o Dolce&Gabbana no ven ningún peligro amarillo. Pero para alcanzar ese punto, primero hay que renunciar a la filosofía del incrementalismo, que se obsesiona con los costes, se centra exclusivamente en la producción e ignora los cambios en los mercados. Se trata de dejar de pensar como nuestros abuelos, asomarse al mundo, crear marcas y dotarlas de valores intangibles que fidelicen a los clientes y justifiquen altos márgenes.
Los empresarios catalanes de la confección deberían mirarse en los espejos italiano y gallego. Son muy libres de seguir añorando paraísos proteccionistas (el franquismo fue ese paraíso, aunque no lo reconozcan), pero los contribuyentes no tenemos por qué financiar la aversión al cambio y la resistencia al aprendizaje.

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