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Columna publicada el 23-11-2004
Una canción de Serrat dedicada al legendario meublé barcelonés La casita blanca empezaba así: "En ese abrevadero..." No sé por qué iba yo empezar la columna con las mismas palabras para referirme a un canal televisivo, sí, hombre, ¿cómo se llama?, ese abrevadero privado que se quiere público, ese agujero negro del presupuesto, insaciable, que todo lo succiona, lo tengo en la punta de la lengua, la capital del dispendio, el templo de la prodigalidad, ah, sí, Televisión Española.
Pues en ese abrevadero montaron el lunes un programa muy instructivo con los micrófonos subiendo y bajando como locos –un símbolo fálico, sin duda–: 59 segundos, que fue espectacular. La estrella, un actor secundario de película cómica italiana que sirve muy bien los gags, un tal Moratinos. Ahí va una muestra de sus perlas: "El Rey de España no es el Tato" (carraspeos del público); "El éxito de la Cumbre Iberoamericana es obvio" (risas contenidas). Demuestra dicho éxito: "el apoyo a la Alianza de Civilizaciones" (carcajadas desatadas). Luego un vuelco dramático, preocupación, miedo: "Son treinta años de sufrimiento del pueblo saharaui; queremos poner punto final". Había motivos para temblar, dada la afición socialista a la eutanasia.
Siguió un montaje chusco donde unos personajes inciertos tomaban la tribuna del Congreso. Vox populi. Curiosamente, todos eran favorables al gobierno. Vuelve a aparecer Moratinos. Al público le duele la barriga de tanto reír y se prepara para otra dosis. Pero el secundario, crecido, ha decidido cambiar de papel y va a representar a un villano: "Si hemos sido objetivo de los terroristas, es precisamente por nuestra involucración en Irak". Y el momento estelar, que justifica toda una carrera: con Aznar "el embajador español recibió instrucciones de apoyar el golpe en Venezuela".
Para desengrasar, unas bromitas: Rodríguez con una camiseta del Barça y Aznar con una máscara de Anibal Lecter, el caníbal. Muy equilibrado. Luego el cantautor Labordeta, humillado por el brillo de Moratinos, intentó llevar el programa a su terreno tabernario, diciendo de Ignacio Villa "Es un inquisidor, este tío". Pero el pobre no tenía nada que hacer. Moratinos se había metido al público en el bolsillo: nos había hecho reír, había mentido, había calumniado, y todo con éxito Y con lo poquita cosa que es, musitaba el público.

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