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El mayor error del nacionalismo es considerar a España sólo Estado, ente que arrastraría su inercia de poder y burocracia sin apreciar las líneas de puntos que, en el suelo, separan a benditas naciones sojuzgadas. Poseedoras de esencias inefables, dueñas de un ser sobrenatural, naciones ocultas por un Estado insensible habrían atravesado túneles de siglos, tras un remoto pasado de esplendor, para acabar despertando y cumpliendo un designio que escapa a los individuos y atañe a los pueblos. Que se ahoga en la realidad y en la razón, que respira en la emoción y en la ficción.
Hay diversas maneras de acabar con un Estado. Si España sólo fuera eso, habría desaparecido hace dos siglos, cuando el francés, cuando la emancipación americana, cuando los dos borbones felones y abdicantes. O se habría disipado con las guerras carlistas, derretido como cera con la esperpéntica Primera República, fundido con la calamidad regeneracionista, el Gran Desastre, Annual, los furores anarquistas. Habría estallado en mil pedazos con el orate Arana, con Prat de la Riba, con los traidores Romanones y Aznar (el Almirante). La Guerra Civil se la habría llevado. Habría sido descuartizada por la ONU al fin de la Segunda Guerra Mundial. La habrían reventado la ETA, el FRAP, el GRAPO, Terra Lliure y el GAL.
Si la nación ha aguantado es justamente por ser tal. Puede el señor Rodríguez con su tropa seguir jugando al aprendiz de brujo. Puede hacer mucho daño; tiempo habrá de reprochárselo cuando lleguen elecciones. Pero no logrará el insensato lo que no consiguió una ristra de listos, de Napoleón a Pujol.
Con De Juana, Chaos. Con Rodríguez, más chaos aún. Las esquirlas del 11-M quizá se hayan clavado en el Estado fatalmente. Constatamos los síntomas a diario, y a los cuatro poderes se les ven los palos del sombrajo. Con todo, que nadie sueñe con liquidar la garantía última de nuestra libertad, la nación de ciudadanos que se afirmó en Cádiz. Nación que no es de derechas ni de izquierdas. Apenas si se ha enseñado por las calles. Grita de lustro en década. La última vez que se removió fue para llorar a su hijo Miguel Ángel Blanco. Vamos, no jueguen con ella.

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