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Columna publicada el 22-09-2004
El domingo se acaba el Fórum. Había logrado evitarlo hasta hoy, como quien educadamente ignora un horrible forúnculo en la punta de la nariz de su interlocutora. Pero ahora que se marcha pretendiendo que el grano era belleza de la diversidad y hurgándome la cartera, algo habrá que decir.
El aquelarre o evento tiene su origen en un error de Maragall, que quería montar una tercera Exposición Universal en Barcelona en 2004. Por no reconocer que el jefe se había equivocado con el calendario, los munícipes del PSC y sus asesores creativos produjeron un ectoplasma, delirio trasnochado, bacanal del disparate con la cara muy seria, galería del prejuicio progre, pandemónium del aburrimiento, infierno construido con los ladrillos de Saramago, Castells y demás materiales de derribo.
No acertaron a explicar lo que era ni antes ni durante el evento, porque no era nada. Era la vaguedad de una vacuidad presuntuosa. Tuvo una especie de existencia entre la interesante nada de los astrónomos y la deprimente nada de los filósofos. Siempre impregnada de un inconfundible tufillo de UNESCO, de larga pereza lectora y de Universidad impermeable al mundo.
Cóctel de somníferos de la diversidad, la paz y la sostenibilidad (no en balde el alcalde, Joan Clos, es anestesista de profesión), pornografía de los buenos sentimientos que jamás habrá que contrastar con la realidad, qué ordinariez, porque en la posmodernidad todo es discurso. Pero en Barcelona pocos aplauden tales números de magia a estas alturas de la estafa. Salvo los que viven o esperan vivir de ella.
Tampoco las cuentas las han hecho bien, no en balde son socialistas y socialistos. Clos llegó a vaticinar siete millones de visitantes, aunque su previsión conservadora fueron cinco. Han ido tres, y se ha dejado de ingresar 32 millones de euros en entradas. Los barceloneses hemos pagado esta fiesta, que ni nos va ni nos viene, por varias vías, casi todas oscuras: diez mil millones de pesetas de saque, igual que Generalidad y Estado; cincuenta y dos mil millones, sólo en 2003, a través de la empresa municipal Infraestructures de Llevant; imprevistos costes de protocolo y publicidad, como la campaña "A Barcelona volem canviar el món", eslogan impagable que pagaré yo: cien milloncetes de pesetas redondos. Peanuts.

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