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De Montilla a Montoya, un frente popular anacrónico y ciego –pero cargado de idénticas inquinas– se interpone entre España y su futuro. No es posible abordar los desafíos, aprender las pericias, exprimir las bondades de esta prosperidad única y rara que nos ha bendecido; no es posible seguir al horizonte si con puntualidad calamitosa una parte de España –la peor, la más zafia, ferozmente enconada y resentida– se pone a destrizar el escenario, se lanza a devorar el calendario.
De Montoya a Montilla, cordones sanitarios y amenazas, blasfemia pornográfica y gratuita, propaganda de acoso y cacerola. He ahí la cacería del distinto. Si mañana, que es sábado, despertamos pareciéndonos a ellos, la gentuza que envía Presidència encontrará una respuesta a su medida. ¿Por qué tardarán tanto en aprender? ¿Por qué incurrirán tanto en olvidar?
Montilla es José Stalin en charnego, una quimera extraña, una sirena. Medio cuerpo lo tiene de frío y crudelísimo apparatchik, el otro medio es un ser desorientado que va pidiendo perdón al periodista por no haberse criado en catalán. Los complejos encauzan su bilis arbitraria para que desemboque en el PP, sin perder una gota con los nacionalistas.
Montoya es un sujeto que se proclama artista; ha vestido a su novia o a su hermana (del oficio, muy limpias) de Virgen blanco y negro, les ha tomado fotos y le ha pedido a Ibarra unos dineros. Montoya representa la inmundicia. La mierda que él coloca sobrevolando un cáliz es una foto fiel de su cerebro. Es el partido que lo prologa y premia el que tiene que dar explicaciones. ¡Más dimitir y menos meaculpas con la boca pequeña, bellotari!
De Montilla a Montoya, de Montoya a Montilla, la mecha prende el odio, la maldición cainita y laberíntica de la que no salimos ni a estas alturas del pensamiento débil. Qué desazón, que odiosos, qué pesados.

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