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Columna publicada el 14-05-2004
Parece que en secretos o discretos círculos del PP se vuelve al viejo vicio del gallardoneo, adicción o disolución de la voluntad que ha estado más de una vez a punto de perder al partido. Se trata de una perversión de devastadores efectos sobre la coherencia interna, la integridad en los valores y la imagen unitaria hacia el exterior, atributos sin los cuales no hay organización que pueda culminar empresa alguna. Y menos cuando se trata de sobreponerse a una catástrofe, de reunir y canalizar todas las energías, de darle un vuelco, en fin, a la tendencia, tan española, de sumarse a las victorias y negar al padre. Aquí Freud no habría cuajado por obvio y redundante; lo de matar al padre lo lleva el ser nacional en la sangre.
Gallardonear es un verbo que puede resultar de gran utilidad en el mundo de la consultoría estratégica. Cuando ante algún desafío –una fusión, la internacionalización, la modificación del producto estrella– los mandos intermedios empiezan a dudar y a rilarse, a descreer del proyecto y a poner en marcha el fatal mecanismo de las profecías autocumplidas, proponiendo a la vez la sustitución del líder por el jefe de ventas, que cae muy bien y siempre tiene algo simpático que decir a todos (salvo a sus compañeros), diremos que la empresa gallardonea.
En El desquite de Pedro J. Ramírez, una obra que altera el horario del lector porque no se puede soltar, porque ilumina el pasado reciente desde dentro de la cocina de la historia y porque es una auténtica exhibición de fluidez narrativa, aparece la siguiente frase de Javier Arenas: “Alberto (Ruiz Gallardón) por este camino no tiene nada que hacer. Parece mentira que siempre que hay alguien que viene a por nosotros, sea Prisa, sean los nacionalistas, él enseguida va de íntimo con ellos.” Se lo dice al autor tras unas desafortunadas y confusas críticas de su compañero a la política de Aznar en el País Vasco.
Se dejó querer mucho más allá de lo razonable cuando el felipismo lo usó para tratar de impedir la llegada de Aznar a la Moncloa tras las elecciones de 1996. Gusta de exhibirse con titiriteros prosaicos y prisaicos. Es hombre inteligente, pero nunca ha podido sacudirse sus aires de opositor estrella. Hablan muy bien de él los que nunca votarían al PP y lo salvan de la quema los golpistas callejeros del “pásalo”. Conserva un gran poder desde su atalaya madrileña y se blindó poniendo a Ana Botella por delante a recibir los golpes. Ojalá Pedro J. nos cuente un día cómo un hombre tan astuto como Aznar cayó en esa trampa. Hoy, con el partido destrozado anímicamente, traidores y conspiradores quieren darle el tiro de gracia enarbolando las banderas de la renuncia, que siempre llevan el mismo nombre.

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