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El debate

Gana Rajoy por KO

Tras una desmesurada introducción de Campo Vidal y un cuarto de hora de calentamiento, Mariano Rajoy se ha venido arriba, manteniendo la iniciativa hasta el final del debate. Lo ha hecho con contundencia y claridad, con exhaustividad y pedagogía, con una agresividad modulada que ha desconcertado al adversario e, incluso –y esto ya es para nota– con un uso diabólico de los contraplanos: aguaba con expresiones socarronas las explicaciones del presidente.

Rodríguez ha querido compaginar la pose y el tono institucional con el uso ocasional de la artillería pesada. No le ha salido bien. En la primera parte, su lenguaje no verbal y su modulación de la voz parecían colocarle por delante en la forma, pero los contenidos se han impuesto gracias a la inteligente administración rajoyesca de informaciones cuidadosamente escogidas. Del goteo malayo inicial ha pasado don Mariano a la metralleta, y una vez se ha sabido dueño de la situación, ya no ha soltado a su presa.

En muchos de los asuntos tratados, contaba Rajoy con una experiencia ministerial (Interior, Educación y Cultura) que le daba seguridad y ventaja en el uso de la terminología y en la relación de los conceptos. Allí le ha seguido Rodríguez como ha podido, y ni la mejor imagen del presidente en pantalla ni su encastillamiento institucional han impedido que la audiencia lo viera vacilante, vago, repetitivo. El triunfo escénico de Rajoy ha sido evidente cuando al hablar de inmigración, ya completamente suelto, ha instado una y otra vez a su elusivo adversario –encallado en nosequé de un bonobús– a que se pronunciara, a que dijera algo.

El jaque mate ha llegado con la lectura de la cláusula octava de los Pactos del Tinell y la supeditación lógica de toda la discordia posterior a aquella ignominia. Hundido, el presidente sólo ha alcanzado a declarar... ¡que no conocía los Pactos! Tendría aún un momento peor el socialista: cuando ha sacado dos gráficas más falsas que un duro falso, la del precio de la vivienda y la de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Antes de la cursilada final de ambos contendientes, con un minuto por cabeza para dirigirse al público, hemos asistido incluso a un debate de verdad, un cruce de replicas y contrarréplicas rápidas que ha desbordado felizmente el encorsetado formato pactado entre la Academia y los especialistas en comunicación de cada partido. Es a estos últimos a quien debe aparcar ahora Mariano Rajoy, confiando en sí mismo como ha hecho en el primer debate e ignorando cualquier sugerencia que pase por cambiar de estrategia a mitad de camino. El empate técnico ha empezado a romperse.