
Teóricamente, Guerra y el PSOE nunca llegarán a aceptar el referéndum ilegal. En la práctica, el partido de los pies ligeros complacerá a los nacionalistas con la velocidad del rayo.
Es sabido que tener razón demasiado pronto equivale a no tenerla. Es lo que me debió ocurrir en mayo de 2003, recién llegado a esta casa digital de la libertad, cuando opiné que había llegado la hora de aplicar el artículo 155 de la Constitución porque el presidente de la cámara vasca se negaba a cumplir una orden del Tribunal Supremo. Estábamos a siete meses de la formación del tripartito de Maragall y sus Pactos del Tinell.
Ahora, con la situación bien podridita, el lehendakari enloquecido, los hijos de la pedagogía del odio prendiendo fuego al rey, la Esquerra enseñoreada de las instituciones (y de las calles, los medios públicos catalanes y las balas sin percutir), el estatut de la discordia en vigor, el Tribunal Constitucional acoquinado y el régimen del 78 tambaleándose, Alfonso Guerra pide que se aplique el 155 en caso de que Ibarretxe haga lo que sin lugar a dudas Ibarretxe va a hacer.
Como mecanismo de seguridad previsto por la Carta Magna, la legalidad de la aplicación del 155 sería indiscutible. En cuanto al encaje de la previsión constitucional en el escenario actual y próximo, juzgue el lector a la luz del precepto:
Es potestad del gobierno aplicarlo. Del Gobierno del partido de Alfonso Guerra, el mismo que como presidente de la Comisión Constitucional del Congreso se introdujo enterito en su cuerpo serrano el estatut con la habilidad de un tragasables del Circo Price. Eso sí, tras algún aspaviento hipocritón y tres coquetos mohines de desagrado: Pero, ¿todo entero? Ay, no sé, no sé...
A la credibilidad de Guerra le pasa como a la distancia entre Aquiles y la tortuga en la paradoja de Zenón, que tiende a cero. Teóricamente, Guerra y el PSOE nunca llegarán a aceptar el referéndum ilegal. En la práctica, el partido de los pies ligeros complacerá a los nacionalistas con la velocidad del rayo.
