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Estuve el sábado por la mañana en el Teatro Tívoli de Barcelona, varias horas de pie porque no cabía un alfiler. La crónica del acto, de cuya realidad he dudado repetidamente en las últimas treinta horas atribuyéndolo a un sueño imposible, ya la han dado aquí. Así que voy a centrarme en ciertas impresiones perdurables. No olvidaré la imagen de la calle de Caspe tomada por la gente que no cupo en el recinto. Ni el grito de "Viva la Constitución", que no oía al descubierto en mi ciudad desde hacía veinticinco años, en una marcha fúnebre en forma de manifestación de repulsa al golpe de Tejero y en una discreta concentración, al día siguiente, en la zona universitaria.
Los gritos del 81 clausuraban una esperanza, decoraban una renuncia y una despedida. Coincidían con el adiós a cualquier posibilidad de que en Cataluña se tratasen en público y con normalidad las consecuencias de nuestra condición de bilingües y de españoles. Ciudadanos teóricos de un Estado democrático a los que había que ir convirtiendo en súbditos mediante la enajenación meticulosa, lenta e implacable de una parte de sus derechos y otra parte de su dignidad. Millares de valientes militantes (¡valientes militantes!) consintieron el íntimo expolio, alzando el puño inútil mientras se disponían a obedecer las instrucciones de la galería de pijos –esos sí que eran pijos– que copaba las cúpulas de sus rojísimos partidos. Y una gran red de mentiras trabó cuanto se movía: iniciativas, creaciones y proyectos. ¡Qué rápido entendieron todos los códigos que franqueaban el acceso a la existencia civil! ¡Qué doloroso –y qué caro– ha sido en tantas ocasiones no aceptarlos, no dejarse llevar, empecinarse! Ni docencia decente, ni medios, ni asociaciones, ni colegios profesionales, ni productoras, ni consorcios de comercio exterior, ni nada de nada. ¿Te acuerdas, Pepe? Como para que vengan a contarnos ahora lo que no hemos dejado de denunciar. Casi siempre en privado (qué remedio). Y en frustrado. Y desde hace tres años en público, gracias a los del éxodo de la dignidad.
Nos han llamado traidores y fascistas, sembradores de odio, vendidos, resentidos. Aunque en la primera fila del Tívoli tuviéramos que ver al que bautizó como falangistas a los colaboradores de Libertad Digital, aunque hayamos tenido que tragarnos la encomiástica mención de su nombre en estas mismas páginas hace unas horas, aunque siempre acabe siendo una ventaja el darse cuenta de las cosas tarde, tarde, tarde. Tan tarde como veinte años después de que mandáramos al cuerno a la siniestra pandilla del PSC y nos arrojáramos al vacío sin red.
Y a quién le importa. Lo del Tívoli fue extraordinario. Espada y Boadella han abierto una época. A partir de ahora, denunciar la pedagogía del odio nacionalista o proclamarse bilingüe son actos de alegría, de afirmación y de futuro. Se acabó la clandestinidad y el aire de derrota. Siendo la necesidad de plantar cara la única urgencia, hay que brindar a los Ciudadanos de Cataluña todo el apoyo. Han tenido la ambición y el acierto de darle la vuelta a la pesadilla.

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