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Algunos políticos del PP se están planteando la posibilidad de que su grupo en el Senado cometa un error colectivo y le den todos al botón que no toca. El contexto sería la votación de cualquier enmienda de ERC al Estatuto catalán recién aprobado por el pleno del Congreso. Lo interesante de un error de este tipo (¡ay, que tontería, pero si era el otro botón!) es que hace añicos los acuciantes calendarios de Rodríguez y Maragall.
En cuanto al presidente del gobierno, lo último que desea es prolongar la agonía. No hay que fiarse de las últimas encuestas, espuma de los días irreflexivos, explosión de pacifismo idiota. Con el proceso estatutario que ha apadrinado, Rodríguez se enajena una parte de sus votantes. Aunque todavía no lo vea la demoscopia por efecto del insólito festival de perversión buenista: un vídeo clip etarra de capuchitas, boinas y banderas le ha procurado un momento de gloria al donante de la nación española. Donante porque la ha regalado; como mínimo podía haberla vendido y pasar a la historia como un traidor decente.
En cuanto a Maragall, a nadie se le escapan sus prisas por acabar con todo esto cuanto antes, presentarse como el gran conseguidor del catalanismo, eclipsar a Pujol, convencer a los de la Feria de Abril catalana de las bondades de su marginación y usar el final de su legislatura para hacer algo. Algo distinto a la demagogia, el lloriqueo, las sanciones a los comercios, el despilfarro del presupuesto en informes innecesarios, la coacción a los funcionarios, la consolidación de los empleos y sueldos de los muchos hermanos de los gobernantes y las exhibiciones de despropósitos, desavenencias internas y ridículos externos. Hacer algo, lo que sea, que pueda llamarse “gobernar”. Durante unos meses.
Si el PP vota por equivocación (¡vaya, lo sentimos!) una enmienda de ERC que modifique en una coma el texto del Estatuto, éste habrá de volver al Congreso y los plazos harán imposible que el referéndum se celebre antes del verano. Son cosas que pasan, y un error lo tiene cualquiera. Hay que mirarle la parte buena, que en este caso se traduce en la oportunidad de ver cómo los guerristas se retratan de nuevo vestidos de políticos rusos a punto de disolver la URSS. Y en la oportunidad también de seguir haciendo pedagogía durante el verano, de instruir, con toda la suavidad que el nuevo Frente Popular merece, sobre las nefastas consecuencias que la norma más intervencionista perpetrada en Europa en muchos años va a tener para las libertades civiles en Cataluña, la economía o la educación. Y, sobre todo, para la articulación política e institucional de España. Si se ha de acabar la nación, que dure al menos tres meses más. A veces los errores son providenciales.

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