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Un interesado equívoco –o una formidable estafa– ha hecho aparecer a los socialistas como favorecedores de los intereses de Cataluña. Especialmente desde que los independentistas tienen cogida por los votos y por la aritmética a la federación catalana del PSOE, que si fue un partido diferente con Maragall, ha dejado de serlo con Montilla. Los socialistas son tan, tan, tan catalanistas, que el Gobierno ha acabado con casi todos los programas que La 2 emitía en mi segunda lengua.
Si la medida la hubiera tomado el PP, millares de cantautores (sí, aquí hay millares de cantautores), periodistas, actrices, consellers (no hay millares de consellers en acto, pero sí en potencia), payasos, ginecólogos mediáticos, arquitectos sobrados y juntaletras estarían okupando las instalaciones de TVE, habrían iniciado una huelga de hambre, se rasgarían las vestiduras y hasta la piel, y marcharían con antorchas a incendiar las sedes populares, siempre ansiadas por el fuego. Pero ha sido el Gobierno del PSOE, que es del Barça y muy catalanista, así que nada.
Tampoco es Montilla precisamente quien va a lograr que TV3 se siga viendo en Valencia. Es Josep Piqué, con la justa compensación de la reciprocidad: los catalanes también veremos la televisión valenciana. Ya era hora.
La semana pasada viajé por primera vez en AVE, de Tarragona a Madrid (tren nuevo) y de Madrid a Córdoba (tren viejo). El muy catalanista PSOE consideró en su día que el gran centro de actividad empresarial con el que había que unir la capital era Sevilla. Los trenes de la camada del 92 y de los convolutos sólo son una novedad para mí, reducido a la condición de provinciano ante la cosmopolita Andalucía. En Francia, alta velocidad ya significa 570 kilómetros por hora, pero los barceloneses seguimos sin AVE. Dirán que los gobiernos del PP tampoco se dieron mucha prisa. Pero sí se la dieron en otros decisivos asuntos que nadie quiere recordar:
Aznar redujo el número de funcionaros de la Administración General del Estado de 607.720 (1 de enero de 1996) a 235.256 (1 de enero de 2004). Mientras, las autonomías pasaron de 637.218 a 1.159.951. Cuando Aznar llegó, las comunidades recaudaban 6.877 millones de euros. Cuando se fue, la cifra se había multiplicado casi por ocho: 54.237 millones. Nunca nadie ha descentralizado más España que el PP, la bestia negra de los nacionalistas. Pero, ¿a quién le interesan los hechos? Y, sobre todo, ¿qué harían los nacionalistas sin su enemigo favorito?

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