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El sumario más grave y enmarañado de la historia judicial española, el asunto donde se juega su credibilidad y acaso su pervivencia nuestro sistema, cayó en manos de un juez dado al seguidismo policial, es decir, a atenerse de forma acrítica a las pautas que le dictan las fuerzas del orden. Un juez reprobado en su día por la Audiencia de Vizcaya por convertir una instrucción en "un diseño acabado de lo que no debe ser una investigación judicial". Nada menos. Con informes y atestados policiales ha elaborado ahora un copypaste inacabable, un collage de pesadilla, un laberinto capaz de enloquecer al incauto que ose penetrarlo. Hay que ser Luis del Pino para no descorazonarse, o tener por amiga a Ariadna, proveedora de ovillos.
Ojalá el patchwork olmeño adquiera en la distancia una forma coherente, como aquel cuadro de Dalí donde no se ve nada hasta que líneas y colores se reordenan y surge el retrato de Abraham Lincoln (puedes engañar a todo el mundo durante un tiempo, etc.). ¿Cabe esperar aquí similares hallazgos? No se le ve al juez ningún parecido con el creador del método paranoico-crítico. Más bien con la distancia de los años, apaciguado el eco de las bombas, acalladas las víctimas, todos los retazos que han vestido el sumario de los despropósitos, lejos de armar una figura formarán una nada impenetrable, una nube lejana, oscura y dolorida, un incómodo misterio a olvidar.
El juez no ha correspondido a la sociedad que paga su sueldo, que en él había depositado su confianza: no ha aportado un relato ordenado de los hechos. No hay ilación ni enlaces racionales entre unos acontecimientos y otros, entre actores y circunstancias, oportunidades y móviles, lugares y fechas. Cualquier posible inferencia queda cegada por la hojarasca que todo lo entierra, por la opacidad y la descoordinación, por la siembra de pruebas falsas y la contaminación de piezas de convicción. Nada explica la penetración policial de la práctica totalidad de los implicados, nada justifica que no se practicaran pruebas exigibles, obligadas autopsias y declaraciones. Lo que hay son fotos falsas por duplicado, furgonetas sobrevenidas, objetos surgidos de la nada, oportunas tarjetas de móvil que no hacían falta y pantalones del revés.
Y un gobierno que lo es como consecuencia de la masacre y su manipulación, de la mentira y la agitación, de la explotación electoralista e ilegal de la jornada de reflexión, del acoso moral y físico al adversario. Y un ministro del Interior cuyas principales señas curriculares son: en el gobierno felipista, la portavocía de la ocultación del GAL; en la oposición, acusar de mentiroso a un ejecutivo transparente enfrentado a una catástrofe de proporciones gigantescas. Y luego este juez. Ya es mala suerte.

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