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Jordi Sevilla ha tratado de justificar la consagración de recursos públicos a ciertos fines privados de José Luis Rodríguez, un eventual al que remuneramos para que ejerza un tiempo de presidente. El ministro basa “el tratamiento distinto al del resto de los mortales” en razones “de seguridad y de honor al cargo”. Al lado de la merienda de negros organizada entre 1982 y 1996, lo del avión militar zapaterino es una nadería. Pero la justificación del responsable de Administraciones Públicas tiene interés.
La seguridad del presidente es una razón de peso. No cabe discutir los esfuerzos en ese sentido, por onerosos que resulten, cuando el protegido está desempeñando tareas propias de su cargo. El resto del tiempo, la protección debería mantenerse sin que el erario sufra (sin que nosotros suframos) las consecuencias de decisiones personales. Si Rodríguez no puede volar como la reina de España, en Iberia, que gestione la matriculación de su hija en Londres a través de terceros. Tras la excursión, los Rodríguez se plantan en un palacio real de las Canarias con centenares de agentes del orden a los que se suman varios centenares más de funcionarios de séquito que ocupan los hoteles cercanos mientras quince empleados animan las cocinas de una residencia cuyas comodidades no satisficieron a la esposa del presidente, teniendo que dedicarse más de un cuarto de millón de euros el verano pasado a caprichosos acondicionamientos.
El resto de los mortales, de los que Sevilla separa al presidente, somos nosotros. Tenemos derecho a exigir al Estado que garantice también nuestra seguridad, incluyendo la de los empresarios navarros extorsionados. El leviatán español lleva décadas malgastando el fruto de nuestro trabajo para alimentar un aparato hambriento e intervencionista que clienteliza a todos los sectores sensibles para el poder, empezando por la deficitaria industria del cine. En Cataluña, el tripartito ha arrojado ochenta millones de euros a la basura comprándose a la sociedad civil, congelando la crítica y reforzando dependencias.
En cuanto a la segunda justificación de Sevilla, el honor al cargo, no olvide el ministro que el primero que debe honrar su cargo es el presidente. Y el hecho es que lo deshonra todos los días: ora se declara rojo, ora insulta a países democráticos. Cuando no niega la Nación, puentea la monarquía parlamentaria para entroncar con la Segunda República. Hoy se abraza a un tirano hispanoamericano, mañana se queda dormido y falta a su viaje oficial a Polonia. Ya ofende a la madre de Irene Villa, ya halaga a un líder terrorista. Ahora se queda sentado al paso de la bandera americana, luego agasaja al de Paracuellos arrancando una estatua ecuestre. El primero que tiene que honrar el cargo es Rodríguez, y todavía estamos esperando.

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