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¿Lampedusa en Vitoria?

Si la aritmética parlamentaria permite al final un cambio en el País Vasco, será, sospecho, similar. Para que no cambien las cosas sino las personas. Hay quien cree que eso es un cambio.

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Si la aritmética parlamentaria permitiera al final un cambio en el País Vasco, sería a base de aceptar con desdén, casi con repugnancia, el apoyo activo o pasivo del PP a la presidencia de López. Ello podría consumar la más formidable mutación voluntaria que haya padecido una formación política en toda nuestra historia democrática. El PSE que se abrazaba a Mayor, ofreciendo a la tierra de excepción democrática una solución constitucionalista, se ha distanciado lo bastante de la Constitución, y no digamos de Mayor, y no digamos de San Gil, y aun de sus suaves sucesores pop, como para consumar el cambio gatopardiano, aquel en el que nada cambia.

Muy diferente habría sido el destino si Benegas (si González) no se hubiera echado atrás en su día, dando paso al régimen conocido. Pero a estas alturas del desbaratamiento nacional, la principal guía para hacer previsiones sobre la conducta de los socialistas en tierras (y conciencias) tomadas por el nacionalismo, es Cataluña. ¿Ha cambiado el régimen implantado por Pujol en las etapas Maragall y Montilla? Ni mucho menos. Por el contrario, el régimen se ha consolidado, se ha arraigado definitivamente allí donde el nacionalismo lo tenía más crudo: el cinturón industrial de Barcelona, la gran bolsa de votos de la izquierda. Montilla es la prueba definitiva del éxito del pujolismo, como López lo sería, si forma mayoría, de la hegemonía del nacionalismo vasco, que está dejando (y no es casualidad) de ser calladamente étnico para tornarse expresamente lingüístico, la vía menos ruidosa para perpetrar una conocida fechoría: crear ciudadanías de primera y de segunda.

A los socialistas hemos visto en Cataluña profundizar la inmersión, multiplicar las multas lingüísticas, desplegar el Estatut, desactivar la respuesta interna a las premisas nacionalistas, abrazar a ERC. Rediseñar, en fin, la lista de asistentes al banquete del erario, pero no renunciar a la celebración del banquete mismo, que parece exigir el mantenimiento del imaginario antiespañol, del agotador victimismo y de la mentira histórica en la escuela y la Universidad. Si la aritmética parlamentaria permite al final un cambio en el País Vasco, será, sospecho, similar. Para que no cambien las cosas sino las personas. Hay quien cree que eso es un cambio.

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