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La revolución en marcha es de nuevo cuño, posmoderna y, en gran medida, virtual. Pero no lo serán sus consecuencias. Presenciaremos efectos bastante tradicionales: degradación política, creciente abuso de poder, violación flagrante e impune de las leyes, derrumbe de legitimidad, desprestigio institucional y un período de general incertidumbre (mortífero en lo económico, en el menor de los casos) donde la defensa de derechos y libertades en peligro de desaparecer por el desagüe de la fractura territorial se convertirá en cuestión urgente y capital. Esto no es extraño; la cuestión capital siempre es la libertad, las libertades individuales, aunque las sociedades acomodaticias no reparen en ello mientras no las vean muy seriamente amenazadas. Y algunas, ni siquiera con las amenazas consumadas.
Está en el origen de esta involución el apego insensato de la izquierda y los nacionalismos a un error que la nación había pagado ya muy caro: el sometimiento moral y simbólico de la derecha, su premeditada expulsión del sistema, amortiguada con prebendas a algunos de sus actores políticos, medios de referencia y eventuales financiadores. Lo sabido: la habitual administración de amenazas y promesas para consolidar una desigualdad estructural.
Siendo de nuevo cuño, los precedentes que encontramos son parciales. El cuadro general se pinta sobre una España más próspera, más solidaria y más llena de oportunidades que nunca. Nuestra maldición no está en las gentes sino en la clase política; en concreto, en aquella parte que, sin recato, se reconoce en los forjadores del desastre de los años treinta. Tiene bastante el gobierno –o así lo creen sus miembros– con conducirse como si no pasara nada. Descalifican, tratan de amordazar, ridiculizan a cuantos advierten del peligro. ¿No invocan los gobernantes la Constitución? Pues eso basta en el universo congelado de lo nominal. Será catastrofista, apocalíptico, crispador quien extraiga conclusiones lógicas de las premisas llamadas Estatuto de Cataluña, proceso de paz u 11-M. Los que coinciden en sus siglas con las del fratricidio van bebiendo sorbito a sorbito de fuentes de legitimación alternativas mientras se secan la nación soberana, el régimen del 78 y, con ellos, cualquier garantía eficaz de nuestros derechos fundamentales.

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