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Columna publicada el 08-11-2005
El Islam es la práctica de la fe coránica, la sumisión a un Dios que es el mismo Dios del Antiguo Testamento. También es la comunidad practicante, en dos sentidos inseparables: el religioso y el político. No hay modo de ignorar lo político, está ubicado en su raíz, ni modo de desgajar, por tanto, lo temporal de lo espiritual. Los análisis lo soportan todo y a menudo persiguen objetivos ajenos a la comprensión de la realidad, del prójimo, de su escala de valores, de sus motivaciones. Arman premisas benevolentes para tranquilidad de una Europa que lo ignora todo sobre los musulmanes y casi todo sobre sí misma. Actúan sobre nuestra percepción sin alterar el hecho de que un enorme y creciente grupo de individuos profesa obediencias que difieren de cuanto legitima nuestro entorno. Afortunadamente, ya no está en nuestra cultura la persecución o estigmatización de creencias: se supone que los estados democráticos actúan cuando lo que se hace –no lo que se piensa, ni lo que se cree– contraría la ley.
Los Códigos Penales de las democracias prevén supuestos de hecho que atentan contra bienes jurídicos protegidos y les asocia penas. Nada que no esté previsto será delito. Tan viejos como el derecho penal son la dispersión de la responsabilidad y el señalamiento de la sociedad como vaporoso culpable colectivo. Posición que es un automatismo en periodistas e intelectuales y que contiene una visión profundamente determinista y una brutal desconsideración hacia los grupos supuestamente reivindicados.
Considerar, por ejemplo, que las bandas que están incendiando Francia son consecuencia directa de las desigualdades sociales ofende gravemente a los parados, que en su mayoría no recurren al delito sino al esfuerzo para salir de su situación. Por otra parte, Europa posee múltiples mecanismos legales para fomentar la igualdad de oportunidades. Lo que subyace en la filosofía de los círculos universitarios y mediáticos es la imposición de otra igualdad: la de resultados. Como si la historia no hubiera demostrado suficientemente que el igualitarismo ajeno al mérito conduce a la represión y la pobreza generalizadas.
Desde su origen, el Islam contiene un elemento definitorio, el afán de conquista: está en Mahoma y en Abu Bakú , en Umar ibn al Jattab y en Utman, en Alí y en Mu’awiya. Y, a partir de ahí, siempre. Los españoles lo sabemos mejor que nadie, aunque cualquier alusión a los siglos que desembocan en 1492 provoque las burlas de los mismos que hurgan indiscriminadamente en las profundidades del Medioevo en busca de derechos históricos.
Juan Carlos Girauta es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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