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Cabe reducir el inacabable debate económico entre la izquierda y el liberalismo a dos énfasis diferentes: el primero se aplica a la redistribución de la riqueza, el segundo a las condiciones de su creación. En cuanto a las posiciones no civilizadas –de izquierda o de derecha– son ajenas al liberalismo. Tienen que ver con la aniquilación física y espiritual del adversario y con el expolio de lo público. Sus marchamos ideológicos son una pantalla, o consecuencia de alianzas internacionales, o capricho tiránico. El castrismo ejemplifica, por haber extendido su ignominia durante medio siglo, no sólo toda aquella crueldad y toda aquella codicia, sino también las tres razones de adscripción ideológica.
Volviendo a la gente razonable y a los dos énfasis, la posición liberal tendrá siempre la ventaja, sobre la socialista, de su objeto de atención: estudia, comprende y desarrolla en primer lugar las condiciones en que las sociedades generan riqueza. La preocupación redistributiva sólo puede venir después. Se trata de una necesidad lógica, no de un sesgo ideológico.
Los gobiernos pueden aplicar políticas liberales independientemente de la etiqueta con que sus partidos se presenten a las elecciones. Y a la inversa, como bien saben nuestros liberales de la eclosión, decantados hacia lo austriaco y convenientemente informados y advertidos de la presencia de socialistas en todos los partidos.
Desde los años setenta, los que deificaron a Keynes tienen un problema, cuya primera manifestación fue la estanflación o simultaneidad de paro e inflación disparados. Con la consiguiente inutilidad de todo el modelo de correcciones, basado en el estímulo o enervación de la demanda, según necesidades, desde el poder político.
Si la estanflación fue un fenómeno nuevo, lo que ha ocurrido desde entonces –especialmente el incremento vertiginoso de las interdependencias a nivel planetario que llamamos globalización– hacen poco menos que inservibles las recetas clásicas de la izquierda. Insisto, de la izquierda civilizada. La otra –y su contraparte, la derecha incivilizada– son asunto de la policía o del ejército.
Uno de los mayores servicios que los jóvenes de la eclosión liberal están prestando a la sociedad es la difusión de esta idea: liberalismo no se opone simplemente a izquierda; se opone a izquierda y derecha excesivamente intervencionistas. El adverbio importa, pues hay y debe haber Estado. Siempre lo exigieron los liberales para la protección de la vida y hacienda de los individuos. Hoy se amplía el deseo (y la consolidación) a sistemas públicos de salud y de instrucción. Sistemas coexistentes, por supuesto, con la educación y la sanidad privadas.
Sólo el mercado genera riqueza. Una vez generada, las sociedades pueden optar por gobiernos comprometidos con la igualación de oportunidades. La mayoría de los liberales, aquí y ahora, lo suscriben. No así, aunque lo parezca, la despistada izquierda, empeñada en igualar resultados y en desdeñar el mérito individual.

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