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Columna publicada el 23-01-2004
Biel Mesquida, que además de un buen escritor es jefe de publicaciones de la Universitat de les Illes Balears, ha convertido un debate sobre la unidad del catalán en un grito de alarma. Estamos en Canal 33; ante la cómplice sonrisa del responsable de política lingüística de la Generalidad de Cataluña y el azarado silencio de sus homólogos valenciano y balear, Mesquida ha acusado a este último de provocar no sólo la alarma social sino una conmoción similar a la del 23 F o la guerra de Irak. “Una bomba lingüística” le parecen las tímidas medidas recientemente adoptadas por el gobierno balear: consultar a los padres de los alumnos las horas de clase que sus hijos deben recibir en catalán. Eso sí, a partir de un mínimo del 50 %. Es decir, que el catalán, despachadas las consultas, sólo puede superar al castellano.
Acosado, el responsable balear de la cosa ha invocado el bilingüismo, para matizar de inmediato que prefiere hablar de multilingüismo y comunicar que su gobierno se dispone a facilitar la enseñanza de diez lenguas. Toma Jeroma. Una profesora valenciana más catalanista que Carod ha expresado entonces un temor: los derechos individuales podrían acabar imponiéndose a los derechos colectivos. Un escalofrío ha recorrido la espalda de los presentes.
Pero, de repente, el director general del asunto en Valencia, presentado por el moderador como “valencianista” (que aquí es tanto como llamarle bellaco) los ha desbordado a todos con un emocionado canto al “derecho a desarrollar un discurso patriótico, tal como hace Cataluña”. Esa patria, claro, no es España. No es que el hombre pusiera en duda la unidad de la lengua. Más bien ha dejado claro todo lo contrario. Pero insistía en llamar “lengua valenciana” a lo suyo. Qué le vamos a hacer.
Mesquida, airado, ha criticado la reivindicación de modalidades insulares (de las cuales su discurso está lógicamente plagado), para él muestra de un peligroso provincianismo. Me he acordado de dos usos insulares que deberían ser erradicados por ofensivos: el término foraster, con el que se designa desde hace décadas a cualquier peninsular no catalán, y el secular residuo antisemita de seguir estigmatizando los apellidos chuetas. Mientras, el debate se amenizaba con una sucesión de insultos al PP en forma de espontáneos mensajes de la audiencia. Nadie ha pronunciado la palabra España.
Personalmente, no dudo de la unidad de la lengua que, junto con el castellano, se habla en Cataluña, Valencia, Mallorca y la llamada Franja de Aragón. Como tampoco dudo, porque la ingenuidad tiene un límite, de la naturaleza política de estas supuesta controversias lingüísticas, casualmente resucitadas desde que los defensores de los Països Catalans van en coche oficial. Estamos ante una pura y dura ofensiva pancatalanista cuya punta de lanza la forman, como aconsejan las más básicas nociones de estrategia, aragoneses, valencianos y baleares tan inteligentes como Mesquida. Kundera los llamaría “alegres amigos de sus sepultureros”.

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