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En vista de la zapatiesta que se está organizando en su partido, y de que todo el mundo manda callar a José Blanco, el señor Rodríguez ha decidido encargarse personalmente del estatuto catalán. Podemos pues estar tranquilos. Habituado como está a la perisología legal tras larga estancia en una cómoda y pasablemente remunerada butaca llamada escaño, ya habrá esbozado a estas horas algún documento de trabajo con el que acercar posturas. Habrá agarrado el estatuto cierto, el único que existe de momento, y, vencido el sopor vacacional, habrá chupado la punta del lápiz y se habrá puesto a rehacer la norma en dos sentidos: más soberanismo y menos soberanismo, tal como desean los socialistas catalanes y la ejecutiva del PSOE.
El resultado podría ser algo más o menos así: Art. 1: Cataluña es una nación, y como tal región se reafirma en su condición de comunidad autónoma dentro del marco de la Constitución, a la que desborda por demás. Art. 2: La lengua propia de Cataluña es el catalán. El castellano no es impropio de España. Constituyendo parte, de momento, aquella de esta, una ley especialísima desarrollará los conceptos de propio e impropio y las multas a imponer. Art. 3: Los ciudadanos de Cataluña son titulares de los derechos y deberes fundamentales establecidos en la Constitución, salvo particularidades de la legislación nacional-regional-universal catalana aplicables a quienes decidan hacerlos efectivos en materia de idioma, acceso a la función pública y otros pormenores. Art. 4: La Generalidad de Cataluña tiene competencia exclusiva sobre todas las materias, incluidas las que son competencia exclusiva del Estado, sobre las que no tiene competencia hasta que los poderes públicos dispongan otra cosa en el ámbito de sus competencias. Y tal.
Hablando un poco en serio, tengo que aplaudir la postura de Maragall cuando insiste en entroncar la Generalidad actual con la republicana. No hay ironía. Que entronque de verdad, hasta el final, y que nos pongan de una vez un estatuto como el de 15 de septiembre de 1932. Un estatuto con 18 artículos, no 260, que empieza afirmando que “Cataluña se constituye en región autónoma dentro del Estado español”. Que a continuación establece que “El idioma catalán es, como el castellano, lengua oficial en Cataluña”, sin entrar en lo propio o impropio. Que advierte que “La Generalidad de Cataluña no podrá regular ninguna materia con diferencia de trato entre los naturales del país y los demás españoles. Estos no tendrán nunca en Cataluña menos derechos de los que tengan los catalanes en el resto del territorio de la República”.
Así que entronque a gusto, Maragall. Pero entronque con la ley, no con las actitudes de quienes gobernaron la Cataluña de los años treinta, que Azaña retrató despiadadamente antes, durante y después de la guerra. El mismo Azaña que había defendido personalmente en las Cortes el estatuto catalán durante tres horas. Apasionadamente.

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