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Columna publicada el 03-02-2004
Me complace que, a través de otras firmas y de otros medios, vaya prendiendo con fuerza el fuego desconstructor que ha de cortar el paso a los desconstructores de España. Desconstruir a los desconstructores es un oportuno acto de justicia, del mismo modo que el violador puede acabar violado, el golpista depuesto por asonada y el iconoclasta vejado en sus nuevos altares.
Desenmascarada la intentona posmoderna del nuevo poder político catalán y de sus filósofos a la violeta, sorprende comprobar hasta qué punto el ideario, imaginería y sustancia de estos derridianos de Kumbayá peca de todo aquello de lo que debería abominar tan ilustrada avanzadilla. La triste, la ridícula verdad es que, una vez desnudados algunos de sus conceptos, como los de nación plena y lengua propia, salta a la vista que nos las tenemos con hechiceros, con representantes del tabuísmo tribal, cuyo rasgo característico es, según Karl Popper, la “falta de diferenciación entre las leyes y normas legales por un lado y, por otro, las leyes o uniformidades de la naturaleza”.
El triunvirato del heptapartido catalán comparte una misma visión premoderna y predemocrática de Cataluña, “nación” o “patria” que, como ha quedado de manifiesto al mes de ocupar el poder, no equivale a sus gentes (pues no atienden a su estructura sociológica) ni a su historia (pues están dispuestos a reinventarla con descaro) ni a su cultura (pues en su mitad debe ser ocultada). Ellos apelan a las esencias. Son, volviendo a las categorías popperianas, historicistas que creen firmemente en una “ley del destino, inexorable e inmutable” que conducirá a esa Cataluña libre de Benach que no tiene vuelta atrás. Esta frase de La sociedad abierta y sus enemigos los encuadra: “El tribalismo –la asignación de una importancia suprema a la tribu, sin la cual el individuo no significa nada en absoluto– es un elemento que habremos de encontrar en muchas de las formas de la teoría historicista”.
Con toda lógica, creen en una lengua de la tierra más que de los hombres, fabrican enemigos que sirven de aglutinador y, en su tarea de elegidos, apenas logran disimular el rencor sin fundamento de una guerra mítica (no recordada sino reinventada). Es inevitable que algunos de sus giros nos suenen a amenaza y que no logren gestionar contingencias que exigen un pensamiento complejo y libre de prejuicios, como la lógica industrial de la globalización. A la mínima invocarán las esencias o convocarán furiosos a la tribu, creyendo realmente que “el pueblo catalán” responderá como un solo hombre a las llamadas al boicot de sus cabecillas.
Así de simple y de grotesco. Unos esencialistas apegados al terruño se ponen estupendos y pretenden aplicarle a una nación como España, de la que son parte, de la que siempre han sido parte, débiles métodos filosóficos, juegos de lenguaje, pasatiempos de salón inventados por diletantes franceses o francófonos. Mientras juegan, la realidad que no comprenden ni quieren comprender les va a pasar por encima como una apisonadora.

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