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La prueba definitiva de que el gobierno está conteniendo la acción policial en pos del diálogo con el plomo es que eso precisamente le reprocha al PP, retrospectivamente, el ministro López Aguilar. Tendrán los socialistas que echarle más imaginación. Seguro que pueden, la intoxicación es lo suyo. Pero vamos a ver: ¿no se acusaba al gobierno Aznar de no haber sabido aprovechar la tregua, de haber continuado con la represión? ¿No fueron los medios progres y nacionalistas terriblemente críticos con la expresión “tregua trampa”, con la visión que encerraba, con la perspectiva que suponía? Aclárense.
El éxito cosechado por Gregorio Peces en el Congreso de las Víctimas da idea de por qué no acudió Rodríguez. Lo de la carta perdida no se lo cree ni la hinchada del entreguismo. Lo que Rodríguez quiso evitar, y evitó, es el abucheo televisado de las víctimas, que le habría eyectado hacia la estratosfera de la desautorización, el ridículo y la ilegitimidad.
La ristra de pagos adelantados a ETA-Batasuna y, sobre todo, la circunstancia de tener a las víctimas de frente, lastran el pasivo moral de cuantos tendieron su mano salvadora a un terrorismo moribundo y a un entorno acorralado mediante el triste pronunciamiento del Congreso de los Diputados, aciago día que mancha el calendario y traza una línea entre lo admisible y lo inadmisible.
Fue entonces cuando Rajoy decidió elevar el tono, acusando a Rodríguez de traicionar a los muertos. Poco ha cambiado el tenor de sus acusaciones. El motivo es sencillo: tampoco ha cambiado, si no para empeorar, la campaña oficial en varios frentes que son el mismo frente: la proscripción del primer partido de España, el inconcebible impulso estatal a un proyecto soberanista catalán que no tenía fuelle para llegar siquiera a presentarse en sociedad, el incumplimiento abierto de leyes como la de partidos y acuerdos como el de las libertades, la acción sectaria –purgas incluidas– de la Fiscalía General del Estado, órgano supuestamente consagrado a sostener el principio de legalidad.
Lamentan el tono de Rajoy –y condenan la estrategia de oposición– filósofos a la violeta, beneficiarios del fondo de reptiles, intelectuales orgánicos y políticos de toda laya, incluyendo los que, desde dentro del PP, esperan el momento de pegarle un mordisco letal a su líder: homenots de Pedralbes que guardan en casa un juego de banderas intercambiables, capitalinos alcaldes endiosados, envenenadores profesionales con tarjeta de asesor.
Pero hay una ciudadanía que, aun instalada en los prejuicios y alienada por la larga propaganda, sigue sabiendo dónde están las víctimas y dónde los verdugos, y a quién está mimando este gobierno. Y saben, como Gotzone Mora, que los muertos detestan la amnesia. Sobre todo los muertos que no lo están, los vivos postergados, silenciados, infamados, escupidos y amenazados a quien el nacionalismo desde siempre, y la izquierda desde hace un par de años, se empeña en tratar como a los muertos, con una espesa capa de silencio.

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