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El presidente de la Generalidad de Cataluña, José Montilla, cordobés y catalán, es decir, español y español, llega anunciando el fin de la política de proclamas identitarias. Bien. Promete un gobierno de gestión y una legislatura sin sobresaltos. Mejor. Alguno de sus hombres fuertes ya se refiere al partido de los Ciudadanos como "nuestros compañeros", demostrando infinitamente más sagacidad y cintura que los de Piqué. Óptimo. ¿O no tanto?
Con la expresión "debate identitario" se conoce en Cataluña la interacción entre un poder que apabulla, que persigue hasta el dormitorio al administrado para colarse en su familia, en su conciencia, en sus sueños y expectativas, por un lado, y algún que otro individuo que protesta por la invasión de su privacidad, por otro. Así que el aparcamiento de lo identitario que propugna Montilla consiste, si es sincero, en cesar la tendencia expansiva, voraz, crecientemente totalitaria de lo público, desencadenada por sus antecesores. Una tendencia que se presenta teñida de color nacional y de sentimentalismos que envenenan la razón y la civilidad.
Pero, ¿cómo piensa compaginar Montilla su regeneración de la política catalana con el papel que le ha tocado en la historia, que no es otro que el de desarrollar hasta el desbordamiento el estatuto, caracterizado por su intervencionismo feroz y –justamente– identitario? ¿Cómo combinará sus buenas intenciones con la inevitable presencia en su gobierno de los separatistas que han convertido en ganador al perdedor?
En cuanto a la legislatura sin sobresaltos, admitamos que, tras Maragall, en este terreno las cosas sólo pueden mejorar. Y que la pomposa vicepresidencia de Carod es una pamema. El líder de ERC va a ostentar un cargo que no existe para ejercer competencias que no tiene, las de política exterior.
Está, por fin, el trato del PSC a los Ciudadanos, la voluntad que se adivina de absorber al partido de Rivera. No sólo extendiendo la mano sino, sobre todo, a través del mentís diario a su razón de ser: ¿no veis acaso quién es el presidente? De nuevo, el resultado dependerá de cómo lleve el lastre separatista el socialismo postmaragaliano en la Cataluña postnacionalista. Todo está abierto. Nada está escrito. Aunque las pautas, la inercia, las hipotecas y los antecedentes del nuevo presidente no invitan precisamente al optimismo. Es, en fin, su oportunidad. Demuestre, Montilla, que nos equivocamos con usted.

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