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Ojo a los movimientos estratégicos que se despliegan con sigilo al calor agosteño de las vacaciones, tan favorables al despiste, en los círculos de poder político catalán. Algún miembro del Gobierno tripartito desconfía ya más de sus socios que de la oposición. Es el caso de la Esquerra, y razones no le faltan. Según ha revelado el indiscreto Jordi Guillot, secretario general de ICV, sus socios independentistas no fueron informados en ningún momento del pacto con el PSOE que ha permitido a Zapatero esconder sus vergüenzas, sus incoherencias y sus incumplimientos al Congreso.
Ni el mismísimo presidente en funciones de la Generalidad, Carod, tuvo noticia de lo que se fraguaba. Y lo que se fraguaba atañía nada menos que al más insistente y estomagante casus belli de la acreditada fábrica del nacionalismo catalán: el reparto de los dineros. Y con él, a la violación del Estatuto, el posible fin de la bilateralidad, el olvido de los plazos preceptivos y otras "traiciones". Ingenuamente, añade Guillot que Montilla sí fue informado por ICV. Como si no le uniera un cordón umbilical a Zapatero.
Montilla, sin embargo, parece haber salvado la cara frente a Carod, si atendemos al análisis del vicepresidente. Pero esa es una pista falsa. El vicepresidente y su preferencia por el Gobierno "de progreso" no representa las inquietudes de quienes ahora mismo controlan el aparato del partido, siempre supeditado a agitaciones asamblearias, siempre presto a dar golpes de timón por razones que ellos consideran de principio. Y la financiación lo es.
Por eso se están intensificando los contactos entre CiU y ERC. No es descabellado pensar en una nueva etapa catalana a partir del otoño. Se conformarían, de momento embrionariamente, dos nuevas alianzas: la izquierda del enorme PSC y de su pequeño y útil apéndice ecocomunista, por un lado, y el nacionalismo pata negra por el otro, asistido por los jóvenes que en 2003 desalojaron a sus mayores del poder optando por Maragall frente al ganador Artur Mas. El ganador que siempre pierde.
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