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La diócesis de Bilbao llenó la plazuela de Santiago. Hay que desmentir enérgicamente la especie de que todos los asistentes eran técnicos de televisión. Al menos dos de los presentes, que responden por López y Anasagasti, no pertenecen al ramo audiovisual sino a la política, la Formación Profesional y el arte performativo de coiffure.
El obispo de Bilbao se dirigió a más de cien personas mientras en Madrid una serie de entidades de varia condición contraprogramaba inexplicablemente con grandes masas a los que se mueven por la paz. Deberían movernos a profunda reflexión estas palabras: "Las víctimas del terrorismo forman parte de la memoria de un horror del que no somos del todo inocentes, ni como ciudadanos de este país ni como miembros de esta Iglesia local de Vizcaya."
Descarto que don Ricardo Blázquez aludiera a los asistentes a su acto (exclusivamente) como personas "no del todo inocentes", es decir, un poco culpables. Tampoco creo, aunque puedo estar equivocado, que se refiriera al clero vasco. Como quiera que el segundo grupo que cita (los miembros de la Iglesia de Vizcaya) viene incluido en el primero (los ciudadanos), y ya que este nos engloba a todos, tenemos que detenernos a pensar.
Le incluye a usted, que me lee en libertad (digital), a mí, que escribo en libertad en una tarde triste de domingo. A todos nosotros, que creíamos que esa libertad era el meollo de todo, el hueso de la oliva, el núcleo del átomo, la esencia del hombre según lo concibe el cristianismo. Y el liberalismo. Somos libres.
Somos libres. De acuerdo, pero el obispo de Bilbao, en su condición de tal, llama a la puerta de nuestra conciencia. Hay que abrir y atender: los ciudadanos no somos del todo inocentes de ese horror de cuya memoria forman parte las víctimas del terrorismo. Somos un poco culpables. Compartimos culpa con los etarras. ¿Lo han entendido?
Yo tampoco. Cerril o cegado, siempre arribo a una conclusión diferente: los únicos culpables son los que mataron, los que encubrieron los crímenes, los que se beneficiaron de ellos en su día y esperan ahora beneficiarse de que el macabro contador se detenga. Y aquí paz y después Gloria.
Tras cada atentado, el terror arrebata la libertad de muchos: los bloquea en ondas que se expanden como cuando se arroja una piedra al estanque, siendo la piedra la bala o la dinamita. No encuentro, monseñor, la porción de culpa que me corresponde en la libre decisión de arrojar esas piedras al estanque, en la libre decisión de matar a Ordóñez, a Múgica, a Blanco, a Buesa. Sí la advierto, sin embargo, parpadeando como una bombilla enferma, entre algunos de los asistentes al acto de Bilbao. El injustificado sentimiento de culpa se ha revelado como uno de los mayores males de la humanidad. Y si no he entendido sus palabras, sabrá perdonarme.

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