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Columna publicada el 16-06-2004
Llega el fiscal de la cosa contenciosa para seguir luchando con los hijos, según dijo, después de haber luchado con los padres. La vida es lucha, ya se sabe, pero, dado el cargo del soldado togado, quisiera uno saber en qué consistió y consiste exactamente la lucha que invoca, a qué padres se refiere y a qué hijos. Y, sobre todo, necesitamos saber con urgencia en qué se traduce ese combate, esa guerra civil inacabada, cuando la exhibe como timbre de orgullo un defensor de la legalidad. ¿Cómo lucha un fiscal?
Se suma lo anterior a la ola gigante del antifranquismo anacrónico y virtual, que crece y crece en su insustancialidad cuantos más años pasan de la muerte de Franco. Varias cosas hay que decir a tanto valiente sobrevenido. Una: proclamarse antifranquista en el siglo XXI es una de las más pintorescas ridiculeces de la izquierda trasnochada, carente de argumentos y desprovista del necesario bagaje intelectual y moral para entender y comprender el presente. Dos: les aconsejo que no consulten la biografía de sus principales ideólogos actuales; es por su bien. Tres: a ver si acabamos con la tontería; salvo los que eran demasiado jóvenes en el setenta y cinco, todos los que firmamos en este medio (líder de opinión del segmento más dinámico de la sociedad española) éramos antifranquistas cuando tocaba y no lo vamos repitiendo todos los días.
A Pío Moa le ha salido ahora nada menos que Diego Carcedo (gran antifranquista, sólo hay que recordar sus retransmisiones desde Lisboa) a publicitar una acusación que dice que uno, que está muerto, dijo que otro, también muerto, había vertido. Resumiendo, presenta a Moa como colaborador de la policía del anterior régimen, lo que equivale, dadas las características y secuelas del Grapo, a pintarle una diana en el pecho. Carcedo secunda la táctica de Guerra y lanza una mentira envenenada y blindada: técnicamente, no le acusa de cometer un delito sino de haberlo abortado. La argucia es tan retorcida y tan malvada que sólo podía partir de quien parte.
A Pío Moa no le perdonan que haya arrebatado la verdad terrible de sus propios archivos y la haya mostrado al mundo, no le perdonan los historiadores estabulados la denuncia de sus falacias ni mucho menos la caída de su reputación. No le perdonan que escriba como los ángeles y que su nombre se agrande, oscureciendo los suyos.
Cualquiera que la haya leído con detenimiento sabe que su obra constituye el acontecimiento intelectual más importante en la España de los últimos años. Ya no es posible pensar o enseñar la Guerra Civil sin pasar por él. Las facultades de Historia lo eludirán y sólo conseguirán desprestigiarse. Los Preston y los Tusell también creen, de forma infantil, que ignorándolo va a desaparecer. ¡Lástima que venda más libros que ellos! Otros quieren borrarlo del mapa azuzando a los lobos. Mentiras, ninguneo; insidias, veladas amenazas... Con esta tropa no hay manera de tener un debate de ideas. Pues nada, que sigan masturbándose en sus fórums mientras la historia les pasa por encima.

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