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Columna publicada el 02-05-2003
Era de prever. La izquierda no está aportando ni una sola idea en esta primavera electoral. Me centraré en el encefalograma plano de los socialistas porque, en rigor, no es necesario tomar en consideración a IU hasta que renuncie de verdad a su primera etiqueta. Si alguien les vota, que disfruten de su espacio de representación, pero no perdamos más tiempo con ellos. Estamos en el siglo XXI, sacudámonos de una vez el complejo que nos impide señalar lo evidente: el comunismo, la ideología política más destructiva que ha conocido la historia, no merece mejor trato que el nazismo, ni atención alguna que no sea la caridad pedagógica para con los muy desorientados. Ni un minuto para los demás, aunque exhiban algún que otro Nobel.
Vayamos pues a los que, tarde o temprano (sospecho que más bien tarde) habrán de volver a gobernar España. A tal extremo han llegado que lanzan a Zapatero ¾con ruidos de Caldera, censores de Blanco y números danzantes de Sevilla¾, a la imposible tarea de negar el éxito de la política de empleo del PP. Y tenemos que contemplar, atónitos, a los representantes del partido del paro, el que lo disparó hasta rozar un cuarto de la población activa, cuestionando a quienes lo han reducido a la mitad. Semejante desproporción en las gestiones de uno y otro sólo podrían disimularse desde una discreta crítica tangencial que fuera precedida por el reconocimiento de lo que toda España sabe.
Cómo estarán las cosas para que las vagas referencias de Bono al “humanismo cristiano” le hagan brillar. Si el PSOE no estuviera en Babia (León), ofrecería todos los días ideas frescas y “en positivo” para conectar con los intereses de la gran clase media. Me refiero a los intereses concretos, reales, como la calidad de la educación, las oportunidades de trabajo, los incentivos a la creación de empresas, la reducción de los impuestos, el acceso a la vivienda. Si el PSOE no se hubiera perdido en Bagdad, pondría el mayor empeño en llegar a los sectores más dinámicos de la población con algún proyecto creíble en vez de seguir agitando hueras consignas que ningún emprendedor respetará jamás. Si el PSOE no fuera el PSOE, cultivaría un concepto de España que, además de la rabia, incluyera la idea. Tan machadiano binomio sería quizá del agrado de aquel vicepresidente que, a pesar de haber leído once mil libros, sólo era capaz de citar al poeta sevillano.
La esterilidad intelectual de las izquierdas no es algo estrictamente español. En un siglo que ya no es el suyo, se revuelven aún como colas de lagartija lo que un día pudieron ser ideas de progreso y hoy son una colección de prejuicios y términos baldíos. Mientras tanto sigue creciendo el gigantesco mosaico de un mundo que se resiste a toda reducción simplificadora o lineal. Estamos presenciando un estallido de libertad y de complejidad que ni Saramago, ni García Márquez, ni Ramonet, ni Rigoberta Menchu, ni Manu Chao podrán ahogar. Mucho menos los sustitutos del clan de la tortilla.

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