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Columna publicada el 01-04-2004
No pasa nada porque un presidente autonómico cobre el mayor sueldo de la clase política y funcionarial de España. Alguien tiene que ser el primero. Que en su discurso de investidura anunciara un drama si se contravenían sus planes es anecdótico. Las cosas suenan distinto en distintos idiomas. Si un miembro de su gobierno, siguiendo a Almodóvar más allá de sus propias rectificaciones, da crédito al bulo del estado de excepción y otro miembro decide desobedecer la ley de educación, la una lo tiene por no dicho, la otra recibe el aval de un gobierno que nadie ha nombrado, y aquí paz y después gloria. Todo, absolutamente todo, viene perdonado de entrada, porque sí, por principio. Cualquier cosa que contradiga, perjudique, debilite o mine al PP es en Cataluña oportuna y correcta. La razón: el PP ha reforzado la identidad de España y es el único partido que seguirá haciéndolo en cuanto pueda.
Cuando esta lógica del desquite centrífugo encuentra aliados importantes, no es que se tambalee el pacto constitucional, es que se puede caer el sistema de libertades. Y resulta que ha encontrado, no algunos, sino todos los aliados posibles, importantes, medianos e insignificantes. Todos. Los unos, a cambio de un grupo parlamentario propio, los otros, por la expectativa de subvenciones sin cuento, los de más allá, por el rencor acumulado desde que fueron barridos por convertir la política española en un estercolero. Maragall, con su gobierno controlado por los independentistas, no es un apoyo con el que cuente Zapatero. Es exactamente al revés. Zapatero es un apoyo con el que cuenta Maragall.
Podemos perdernos en un bosque de detalles entre jocosos y desoladores. Que el hombre que va a encargarse de las nuevas tecnologías no presente título universitario, que el del sueldazo inste a España a cambiarse el nombre, que ZP se desviva por complacer a Marruecos, que el conseller en cap diga que Al Qaeda no tiene nada que ver con la religión islámica. No acabaríamos nunca de glosar tanto disparate mientras se nos escapa lo sustancial: la relación de fuerzas y los intereses en juego.
El juego se presenta en estos términos: el PP, con más del 37 % de apoyo ciudadano, defendiendo el sistema constitucional, la estabilidad política y económica y el peso de España en el mundo. Todo el resto de actores y agentes, crecidos por circunstancias inimaginables hace tres semanas, dispuestos a demoler la única garantía de nuestros derechos y libertades, la Constitución y su sistema de leyes, y disfrazando la traición con un paquete de medidas relacionadas con el uso de los genitales, una cosa que distrae mucho; sin programa, sin horizonte que no sea el acceso a los caudales públicos y la venganza. Y con un solo centro real de estrategia y decisión que está en Barcelona. Un centro donde los lazos que impone la histórica tarea de acabar con la nación son mucho más fuertes que cualesquiera siglas y colores partidarios. Un centro en la periferia dirigido por alguien sin cargos ejecutivos que sabe muy bien que no hay que dejar de golpear con fuerza y decisión al enemigo cuando está aturdido. Eso es lo que hay, y lo demás son fruslerías que los suyos justifican de entrada, porque sí, por principio. Enzarzarse en ellas sin denunciar lo relevante simplemente nos agotará. Denunciarlo sin tregua nos abre alguna puerta a la esperanza.

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