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El doctor García Sabrido es mucho más que el médico español de Fidel Castro. Es, por si no se han dado cuenta (a ver si nos despertamos, hombre), un sutil propagandista del régimen cubano, cuyo sistema sanitario –según nos informa, abundando en el viejo cuentecillo– "está entre los mejores del mundo". No quiero ser desabrido, Sabrido, pero la mercancía que nos vende apesta. ¿Dónde sitúa en el ranking a la sanidad de ese fantasma viviente del comunismo? ¿Entre las cinco primeras del mundo? ¿Entre las diez, las treinta primeras? Concreción, doctor, concreción y datos.
Como cree el doctor que todos son de su condición, no nos ahorra el guiño del embargo. Así, el problema de esa "excelente" sanidad radicaría en "algunas limitaciones de suministro por razones del mercado internacional". Avance unos pasos, doctor, por la senda que abre usted bisturí o machete en mano: el mercado internacional, es decir, el mercado, es decir, la libertad, es el problema. Por culpa de esa maldita libertad va a morir Castro, a pesar de sus esfuerzos, como un apestado. Por culpa de esa libertad que rodea a la isla ha tenido que instalar el pobre filántropo doscientas cárceles, ha tenido que fusilar y torturar, ha tenido que prostituir a su pueblo y espiarlo valiéndose de los vecinos, agentes enemigos de sí mismos.
Para nuestro hombre en La Habana, es el embargo el que lleva al régimen cubano, a despecho de la formidable y ejemplar sanidad que ha levantado, a buscar en el exterior "diverso tipo de tecnología". ¿Se considera usted, doctor, "tecnología"? En la opinión que nos coloca de tapadillo para pintar de rosa la tiranía del genocida moribundo no faltan los marchamos habituales. Así, la seducción que ejercen ciertos seres repugnantes cuando gozan de todo el poder: "me asombró la capacidad de relato de anécdotas personales o históricas que pudo compartir conmigo". Qué honor. Así, la admiración al carnicero: "Tiene una actividad intelectual –uno de los grandes problemas que tiene el equipo médico– intacta y fantástica". Sonrisas de complacencia.
Cualquier persona cabal justifica el tiranicidio (Vean los medrosos los Comentarios a los libros de las Sentencias, de Santo Tomás; vean la teología española toda del XVI). No le pido tanto al médico. Ni siquiera a la clase política española, del color que sea, cuyos mejores pensamientos siempre quedan sin expresar. Pero de ahí a soportar sin pestañear las pildoritas del galeno va un trecho que no se puede andar sin vomitar. Recétenos otra cosa, Sabrido.
Cansa ya jugar al paralelismo, pero en fin, ahí va: ¿Qué no habrían dicho si nuestro hombre en La Habana hubiera sido ayer nuestro hombre en Santiago? ¿Qué sería del nombre de un médico que, tras encargarse de la salud de Pinochet, hubiera venido a cantar sus excelencias en rueda de prensa?

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