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La cólera desbordada de comunicadores progres e imitadores carcas no viene motivada por posición alguna acerca del 11-M y su investigación. La verdadera razón es la imposibilidad de seguir controlando la información y la opinión, el fin de una era donde unos pocos agentes decidían lo que los españoles podían saber y debían juzgar.
Asistimos a una ceremonia fascinante, la feria de las vanidades que se acaba. Iñaki Gabilondo y Luis del Olmo, que lo fueron todo, andan prejubilándose o jubilándose. Renuentes y dolidos, pero así es la vida. El blindaje del imperio o la aplicada lectura de diez mil guiones, sin saltarse una coma, tuvieron su época. Pero hay que saber perder.
Miremos pues de frente la imagen patética que termina con la paradoja de una sociedad abierta nutrida por opiniones e informaciones cerradas. Algunos factores, entre los cuales Internet no es el menor, han hecho saltar la feria por los aires. No se engañen con las acusaciones de traición o de conspiranoia; las lanzan valedores de un gobierno traidor que ensalza a terroristas y persigue a las víctimas, fabricantes profesionales de mentiras sobre las que algún día habrá que volver a calzón quitado (los tres o cuatro calzones de los falsos suicidas de la Ser). No es eso lo que les hace perder los papeles o farfullar memeces sobre altares y bombas: es el fin de su mundo.
Hay distintas teorías sobre el nombre de la Cuatro. Unas aluden al share de Gabilondo; otras al número de espectadores. José María García subrayó ante Buenafuente la incompatibilidad entre los resultados del EGM sostenidos durante años y la ridícula audiencia de don Iñaki en televisión. Tantos millones de oyentes, ¿qué se hicieron?
A mediados del siglo XIX cerró así William Thackeray La feria de las vanidades: “¡Ah! ¡Vanitas vanitatum! ¿Quién de nosotros es feliz en este mundo? ¿Quién de nosotros consigue alcanzar sus deseos, y, cuando estos se cumplen, se da por satisfecho? Vamos, niños, devolvamos las marionetas a su caja y cerrémosla, que ha terminado la función”.

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