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Abundando en una extendida falsedad, nos informa una columnista de El Mundo de que “en Castilla, y cuando digo Castilla me refiero a la tierra del castellano, siempre nos han mirado a los catalanes con ojeriza. Y todo por hablar distinto. (…) El día que corregí mi abominable acento, nadie volvió a señalarme con el dedo.” Qué curioso, mi experiencia es justamente la contraria: percibo una general simpatía, incluyendo la atribución graciosa de ciertas virtudes ligadas a la seriedad y a la lealtad. Todo ello en “la tierra del castellano”. Nadie me ha señalado nunca con el dedo a causa de mi acento.
Para seguir con los tópicos, y en singular bandazo, añade la columnista que “los catalanes no somos cosmopolitas, sino más bien aldeanos de corazón”. Pues tampoco. Los catalanes no somos ni más ni menos aldeanos, generosos, cultos, dialogantes, tacaños, fieles o antipáticos que los gallegos, los andaluces o los madrileños. Llevan años los medios de comunicación catalanes, y muy en especial TV3, obsesionados por nuestra imagen en el resto de España (del Estado, dirían ellos), pero esa inseguridad o ese complejo tampoco es un defecto catalán sino una fijación nacionalista. Lo peor de los nacionalistas, como ha señalado Albert Boadella, es que son muy, pero que muy pesados.
La peculiaridad catalana digna de observación es que su sociedad civil (en términos gramscianos, la encargada de la hegemonía y la dirección ética) sólo la nutren individuos que aceptan las tres o cuatro premisas básicas del nacionalismo. Si lo de sociedad civil confunde, piénsese en los nodos de un sistema social. Para formar parte de ellos, se requiere –se da por supuesta– la comunión con los postulados esenciales de pertenencia a una nación sin estado definida por ciertos hechos diferenciales, entre los que destaca la lengua catalana. Sin esa comunión es prácticamente imposible el acceso en condiciones a cualesquiera tribunas, a la Universidad, los institutos, los medios de comunicación, los colegios profesionales, las asociaciones influyentes o los órganos de decisión de los partidos políticos.
Esta triste particularidad no es resultado de un diferente carácter catalán, más perverso o menos democrático, sino de la obra ambiciosa e incansable de un hombre que se consideró un elegido y que consagró todos sus esfuerzos, toda su inteligencia –que es notable- y todo su espíritu emprendedor –que no es poco- a una vasta operación de ingeniería social dirigida a adaptar la Cataluña real a su modelo mental. Hablo, claro está, de Jordi Pujol. No lo consiguió “el pujolismo”, lo consiguió el señor Pujol.
Con él retirado, la principal amenaza para el establishment, lo que más pueden temer los nacionalistas, es que se articule un partido definido por la negación de sus premisas, como el inminente partido de Boadella, capaz de ir penetrando en la sociedad civil, capaz de refutar las premisas intocables desde los mismísimos nodos del sistema social. Sería la primera vez en democracia. Los votantes del PPC tendrán que pensar seriamente en todo esto, pero todavía más sus dirigentes.

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