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Columna publicada el 06-06-2003
Al ser interrogada acerca de la esposa del presidente del gobierno, Maruja Torres, vieja columnista de El País, ha declarado al diario El Barcelonés: “No tengo opinión sobre ella. Yo lo que quiero es hacerme de la Asociación Nacional del Rifle ahora que ha dimitido Charlton Heston. Y no digo más. No quiero relacionar ambas noticias.” Aunque toscamente usada, se trata de una preterición, figura que consiste en fingir que no se quiere decir lo que se dice. Después el entrevistador le pregunta si a la hora de votar tenemos mala memoria, y la otrora colaboradora de Pronto, esa revista de pensamiento, abandonando la retórica que tanto se le resiste, se despacha abiertamente así: “Al salir a la calle hemos demostrado que por cada millón de personas que se manifestaba existían cuatro millones de hijos de puta que callaban sabiendo que iban a votar a Aznar.”
Ante la apenas velada amenaza contra Ana Botella y las injurias contra más de siete millones de españoles, a mí me vienen a la mente un par de artículos del Código Penal. Si fuera de izquierdas, correría a buscar argumentos exculpatorios en el entorno en que se ha movido esta mujer. Pero como no lo soy, no creo que el prolongado contacto con Haro Tecglen ni el hecho de haberse criado en el simpático barrio chino de Barcelona puedan explicar las demasías de Maruja, a la que siempre le queda la exceptio veritatis; desde aquí la animo a investigar las actividades de nuestras madres.
A todo esto, el señor Rigol, presidente del parlamento catalán, se ha referido a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado como “animales” en el curso de una sesión de la cámara. El hombre creía que sólo le oían sus compañeros de chanza en la mesa presidencial, pero resulta que el micrófono estaba abierto. Desde luego lo de Rigol no puede justificarse, como en el caso de la columnista del rifle, alegando faltas en su formación; le he oído recitar de memoria largos párrafos de la Eneida en latín. Pero al menos Rigol se ha disculpado.
No creo que se trate de anécdotas. Y mucho menos en el enrarecido ambiente que se destapó en la precampaña electoral, con centenares de sedes del PP atacadas por los pacifistas más aguerridos que ha conocido la Historia. La verdad es que a los niños catalanes se les educa en la creencia de que quienes votamos al PP somos enemigos de Cataluña y en la idea de que las fuerzas de seguridad, con la excepción acaso de los Mossos d’Esquadra, son fuerzas de ocupación. Los pequeños de cinco y seis años dibujaban en clase a Vidal Quadras con rabo, cuernos y tridente. Como catalán, percibo perfectamente que los que no comulgamos con el pensamiento único del nacionalismo no somos adversarios políticos; somos el enemigo. En las semanas antes de las elecciones ha quedado más patente que nunca. El cometido central del Institut Catalunya Futur, presentado el cuatro de junio en Barcelona por Josep Piqué se propone justamente acabar con este estado de cosas. Ojalá tenga suerte. Hay mucho trabajo por delante.

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