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Columna publicada el 25-06-2003
Varios factores explican por qué siete años en la oposición han erosionado al PSOE más que catorce en el gobierno. El sainete de Madrid es sólo un síntoma, por mucho que su guión focalice toda la atención de los medios. Entender el misterio del partido suicida exige considerar, al menos, lo siguiente: sus peores enemigos siempre han sido ellos mismos; pretende gestionar una realidad socioeconómica que no entiende; González sigue conspirando; el clientelismo y la corrupción son sus formas naturales de relación con la sociedad; sus dirigentes carecen de sentido estratégico. Y todos estos factores se retroalimentan.
Que el enemigo está dentro lo demuestra el modo en se destaparon y destapan sus escándalos. Si hoy son dos de los suyos los que han herido de muerte a Zapatero, ayer era Belloch el que tiró del hilo para acabar con el ovillo de Interior entre rejas. A Borrell lo ultimaron ellos, un contable de Sala destapó Filesa y los jueces estrella les salieron ranas. De hecho, las primeras acusaciones de corrupción en el erial informativo de principios de los ochenta fueron revanchas a la vieja purga de Carvajal.
El PSOE no entiende el mundo de principios del siglo XXI. Si lo entendiera, generaría ideas estimulantes para los sectores más dinámicos de la población, grupos de referencia para el conjunto del electorado. En vez de eso, se encastilla en un discurso vacuo moteado de consignas trasnochadas. Sigue ordeñando la vaca seca del antifranquismo cuando el nombre de Franco nada significa para la mitad del electorado. En campaña ha recuperado el guerracivilismo mientras el PP lanzaba propuestas concretas e imaginativas en el terreno fiscal, laboral o de vivienda para conectar con los intereses reales de la ciudadanía.
González ha frustrado todo intento de regeneración desde su marcha, y aunque no creo que sueñe con volver, su rencor oceánico, o un invencible reflejo cainita, ha impedido a sus sucesores aparecer como líderes de nada. A Borrell lo humilló dándole órdenes delante de las cámaras, y el leridano no tuvo redaños para contestarle que le trajera un cortado. Almunia jamás se percibió a sí mismo como otra cosa que un ectoplasma del One y Zapatero entró agachando la cabeza, aunque muchos pensábamos que de noche afilaba la navaja. No fue así; los hechos han demostrado que se pliega sin excepción al capricho del diputado ausente, que ahora mismo quizá le esté indicando el camino más corto hacia el abismo.
La corrupción no es un problema del PSOE, es su naturaleza. Toda su estructura, el diseño de listas y el reparto de cargos se basan en un puro juego de intereses desde Suresnes. Me dirán que eso no es exclusivo del PSOE, a lo que responderé con el conocido inventario nauseabundo (Pianelli, Rumasa, GAL, Roldán, Banco de España, Filesa, convolutos...). Ahorrémonos la lista.
La estrategia de Zapatero, Blanco y Caldera es una colección de disparates. Han cifrado sus esperanzas en un barco hundido, en el justo derrocamiento de un tirano, en un tren descarrilado y en un accidente aéreo. Cada vez lo juegan todo a una carta, y la última que les queda es tan baja como postular que la corrupción inmobiliaria es de derechas. No pueden ganar esta partida ni con todos los faroles del mundo.
Escribió aquí Lucrecio que tras lo de Madrid Zapatero estaba muerto, y es verdad, pero también su partido agoniza. Por el bien de España, que alguien fuerte, con ideas, sin miedo a González, decente y preparado salve las siglas. Rosa, Nicolás, como no seáis vosotros...

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